Máxima tensión en la India, con la democracia misma en juego

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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16 de enero de 2020  • 01:00

El gobierno de la India que encabeza el primer ministro Narendra Modi está jaqueado por constantes protestas masivas que, desde mediados del mes de diciembre pasado, sacuden ruidosamente al enorme país, de un extremo al otro.

¿Por qué? Por la sanción de normas que, en materia de acceso y reconocimiento a la ciudadanía, postergan a los inmigrantes musulmanes que han sido claramente objeto de discriminación y no pueden regularizar su situación, como todas las demás personas, cualquiera sea su religión.

Hablamos de una cuestión que afecta a nada menos que a unos doscientos millones de personas, hoy furiosas o profundamente desilusionadas. La democracia misma de la India, la más numerosa del mundo, muy respetada y admirada por muchos, pareciera estar en juego. Lo que obviamente no es, en modo alguno, un tema menor.

Esos musulmanes imaginan que si no resuelven sus propias situaciones personales podrían de pronto terminar en campos de internación. Con restricciones inaceptables a su libertad de movimiento y de opinión, así como de credo. Las detenciones han sido ya numerosas y, muchas de ellas, lucen realmente arbitrarias. Para justificarlas se ha recurrido a normas de la era colonial, verdaderamente draconianas.

El Partido del Congreso, el principal de las fuerzas de la oposición y los demás partidos no nacionalistas (como es el BJP, que gobierna) no han capitalizado el peligroso estado de cosas provocado por lo antedicho. Han sido más bien prudentes, frente a lo que luce como un posible temporal político, de importante magnitud.

La policía, convocada rápidamente a defender el orden, ha actuado con brutalidad y su durísima represión frente a las protestas: ha generado, a palazos, muertos y heridos por doquier. Y ha sembrado imprudentemente el nerviosismo. Todo lo contrario a pacificar. A lo que se suma el constante corte de las comunicaciones telefónicas, frecuentemente interrumpidas desde el gobierno por largos ratos.

El líder nacionalista Narendra Modi no logra serenar los ánimos. Para nada. En sus alocuciones usa un lenguaje duro y punzante. Amenazador, además. Desde que señala que se puede identificar fácilmente a los revoltosos por su forma de vestir, aquella que, por su discreción, caracteriza a los musulmanes.

Muchos temen la reedición de lo sucedido en la India en las protestas de 2002, que dejaron un lamentable saldo alto de víctimas.

No será nada fácil detener la violencia de las protestas. Pero es absolutamente imprescindible tratar de hacerlo. El tipo de fuego que se ha apoderado de las calles y las plazas de muchas ciudades de la India suele no poder apagarse fácilmente. Es casi auto-combustible y de gran peligrosidad en un país más bien pacífico, pero con algunos grupos intransigentes, que hacen abiertamente gala de su fanatismo e intolerancia. Particularmente en materia religiosa.

Por todo esto crece la sensación de desilusión con la gestión de gobierno de Narendra Modi y de su partido político. No es nada fácil discriminar abiertamente a doscientas millones de almas y pretender que se mantengan en resignado silencio. Particularmente si su presente y su futuro están en juego.

La situación que los musulmanes de la India enfrentan electrifica los diálogos, los tensa y hace ríspidos, y -por todo ello- aumenta la tensión en la que está sumido el país. Con muchos habitantes al borde mismo de la desesperación, que suponen que si no protestan con fuerza y vehemencia, las respuestas que procuran no llegarán nunca. Y puede bien que, de pronto, ello termine siendo efectivamente así. Por el momento, al menos, nadie les ofrece alternativas, ni posibles remedios. Por esto, el aire huele con demasiada frecuencia a gas lacrimógeno.

Y muchos nos preguntamos, preocupados, si la gigantesca y ejemplar democracia de la India podrá, o no, sobrevivir un momento de alto riesgo y de gran angustia. Con una enorme cuota de peligrosidad para la paz interna del inmenso país, que es claramente mayor de lo que, a primera vista, puede parecer.

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