Memorias del hotel blanco

Tomás Eloy Martínez Para LA NACION
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12 de diciembre de 2009  

Hay libros que encienden la imaginación de los lectores desde que aparecen, se ganan el entusiasmo de los críticos más reticentes y, sin embargo, terminan arrinconados en el olvido o sepultados por el éxito fugaz de otros contemporáneos. Muchos de esos textos reaparecen en la memoria ya sea por su osadía o por su habilidad para apropiarse de la realidad, corrigiéndola con fuerza invencible.

Pienso en al menos media docena de títulos que comparten ese destino. Pocos se acuerdan hoy de Contrapunto (1928), la novela que Aldous Huxley compuso como una partitura, con historias que se entretejían armoniosamente y personajes copiados de la realidad histórica, un lugar común que hace ocho décadas era novedoso. Contrapunto perduró unos cuantos años. Las editoriales Losada y Sudamericana se entusiasmaron con la obra del autor y publicaron otras de sus ficciones: Viejo muere el cisne ( After Many a Summer, 1939) y Con los esclavos en la Noria ( Eyeless in Gaza , 1936). Ninguna alcanzó una repercusión comparable a la de Contrapunto y, aunque Huxley se hizo famoso por sus versiones utópicas de Un mundo feliz y por someterse a experiencias sensoriales con ácido lisérgico, sus obras fueron hundiéndose en el ocaso.

Un infortunio comparable fue el de La bahía de silencio (1940), de Eduardo Mallea, novela que en el momento de su publicación fue aclamada con tanto énfasis como la obra de Borges. Los jóvenes de la revista Contorno desterraron después todas las ficciones de Mallea al purgatorio de los olvidos. En su ensayo sobre Onetti, Mario Vargas Llosa les colocó una lápida final.

Dos décadas antes fue también Vargas Llosa quien me llamó la atención sobre una novela de asombrosa inteligencia de la que ahora, con injusticia, ya nadie habla. Me refiero a El hotel blanco ( The White Hotel , 1981), en la que el autor, Donald M. Thomas, trama, con astucia superlativa, una sucesión de episodios inverosímiles cuya veracidad, sin embargo, el lector nunca pone en duda. Todas las invenciones están urdidas con tanta perfección que, aun después de caer en la trampa, es difícil admitir que la trampa ha existido.

A comienzos de 1981, Thomas era director del Departamento de Inglés en el Hereford College de la Universidad de Cornwall. Había publicado otras novelas ( El flautista , Birthstone ) y cinco colecciones de poemas. Conocía la felicidad de ser un desconocido. Estudiaba a Freud y traducía, por mera afición, a los poetas rusos del siglo XIX. Tenía 46 años.

Después de haber sido rechazado por la editorial Picador, El hotel blanco fue publicada por Gollancz, en Londres, con un éxito modesto: dos ediciones de ocho mil ejemplares cada una. A mediados de la primavera, apareció en Nueva York la edición norteamericana. Durante dos meses se oyeron benévolos comentarios y una que otra reseña entusiasta, ante las que The New York Review of Books reaccionó con extrañeza. ¿Calificar eso de obra maestra? Imposible. No podía serlo un libro cuya materia central estaba alimentada por temas tan fatigados como el psicoanálisis y el Holocausto. Se trataba, sin duda, de un malentendido.

De repente, El hotel blanco alzó vuelo. En marzo de 1982, apareció en una edición de bolsillo con cinco cubiertas diferentes. La tirada fue de un millón de ejemplares. A la semana debieron imprimirse otros 750 mil. La edición francesa de Albin Michel (80 mil ejemplares) se agotó en dos meses. La Keith Barish Productions se apresuró a comprar los derechos para el cine, comprometió a Bernardo Bertolucci para que dirigiera la película y llamó a Barbra Streisand para que interpretara a Lisa Erdman, la protagonista. Poco después, convocó a David Lynch e Isabella Rossellini para que hicieran lo mismo. Como suele suceder con los proyectos de Hollywood, todo quedó en la nada.

Thomas había concebido El hotel blanco en el verano de 1978 a partir de dos incidentes fortuitos. En el avión que lo llevaba a Nueva York de vacaciones leyó -casi en vilo- Babi Yar , la obra documental de Anatoli Kuznetsov sobre la matanza de 34 mil judíos en los suburbios de Kiev, la noche del 29 al 30 de septiembre de 1941. El capítulo cinco, en particular, atrajo su atención: allí se transcribían los testimonios de la única sobreviviente, Dina Pronicheva, que enumeraba los insultos de los verdugos, las violaciones y los desesperados rezos en hebreo de las víctimas. El lenguaje entrecortado de Dina le evocó, tenaz, el pudor de las mujeres mientras se desnudaban para la muerte y el temblor de los adolescentes bajo un cielo que, de repente, era malva.

Tres días más tarde, cuando regresaba de un paseo por Connecticut, Thomas volvió a leer el borrador de un poema que pensaba dedicar a la memoria de Freud. Hablaba de una pareja que se amaba con desesperación en un vagón-cama, mientras se divisaba un lago a través de las ventanas del tren en marcha y el silencio ascendía a los cielos "como una cascada de tinieblas?".

Hizo que esos afluentes diversos reunieran en una sola historia a Freud y a su discípulo Sándor Ferenczi mientras se intercambian cartas sobre el caso de Anna G., una paciente a la que acometen dolores atroces en el vientre y en el seno izquierdo. En el tren, la paciente vive una enloquecida historia de amor con un soldado. Decide pasar con él unos días en el hotel blanco entrevisto en la niebla del paisaje. Y, ya en el comedor del hotel, calma el dolor de su pecho amamantando a los sorprendidos huéspedes.

La novela continúa con un poema narrativo escrito por Anna G. entre los pentagramas de una partitura de Don Giovanni , la ópera de Mozart, y se cierra con una descripción austera, casi estadística, de la masacre de Babi Yar.

Las primeras reseñas críticas en la prensa norteamericana insinuaron que El hotel blanco era una obra maestra. Pronto se corrigió ese juicio, porque -se dijo entonces- no podía llamarse obra maestra a una novela que, pese a su original construcción, copiaba el lenguaje de Freud y Ferenczi en las cartas, el de Pushkin en el poema narrativo y el de Kuznetsov en la sección de Babi Yar . Sin embargo, es innegable que está poseída por una genuina grandeza. Abunda en delirios, pero ninguno de ellos es gratuito. Frases que disuenan en una primera lectura revelan poco después que es necesario hasta el último de sus complejos sentidos. Ejemplo: "El hotel blanco giraba, mis pechos giraban hacia la oscuridad, su lengua removía cada puesta de sol en mi sexo rugiente".

La novela se abre con una carta de Sándor Ferenczi (el discípulo modelo de Freud, a quien éste hubiera querido convertir en su yerno) sobre la Clark University, a fines del verano de 1909, y continúa con otras cartas (ficticias siempre) de Freud a Ferenczi, en las que comienza a hablar de una paciente que sufre de "un grado extremo de fantasía libidinosa combinada con un grado extremo de morbosidad. Es como si Venus se mirase en el espejo y viera la cara de Medusa".

Freud habla también de un diario en el que la paciente describe su vida en el hotel. Tanto el poema como el diario están narrados en tercera persona: son el espejo deformante donde pasan, por fragmentos, como en sombras, las fantasías más secretas de esa mujer a la que Freud describirá luego -en un estudio semejante al del Hombre de los Lobos- como Frau Anna G., una violoncelista a quien él logra "curar de todo, salvo de la vida".

A medida que se avanza en el diario, tan fulgurante y a la vez tan lleno de oscuridades típicamente femeninas, la novela se va saturando, como una esponja, de cierta insensata poesía en la que la Muerte y el Sexo bailan un vals interminable: "No es como si el mundo que me circunda fuera sexual -explica Anna G. a su amante, a quien ella identifica como el hijo de Freud-. Si fuera así, todo esto tendría disculpa. (?) Sucede que, cuando no estoy pensando en el sexo pienso en la muerte. A veces, en las dos cosas al mismo tiempo".

Y de repente, cuando ya el sexo repite su letanía abusiva en cada línea de la novela y cuando los cuerpos caen en los fosos de Babi Yar, donde los arrojan los nazis, y una montaña es mancillada por los plumajes de la nieve, entonces, entre uno y otro de esos acordes, Thomas cambia bruscamente de tono e introduce un capítulo en el que Freud, analizando la personalidad de Anna G., llega a la conclusión de que hay en ella un componente homosexual que elimina, antes de que aparezca, su profundo deseo de concebir un hijo.

Sorprende que el lenguaje se transfigure en la misma dirección en que se transfigura la anécdota, y que el lector, hipnotizado, vaya aceptando como necesarios los sucesivos delirios de la forma narrativa: los pastiches psicoanalíticos, las inesperadas irrupciones de la poesía, la helada anotación documental, la voz fría y desentendida del narrador, el movimiento final que remeda las profecías del Apocalipsis, pero enunciadas en un registro apacible. Y sobre todo sorprende que esa complejísima urdimbre, situada en las antípodas del best-seller convencional sea, sin embargo, legible, y no a secas: legible en un continuo estado de pasión.

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