Memorias que acusan

Francisco G. Basterra EL PAIS
(0)
31 de mayo de 2009  

Hace 20 años, la represión de la protesta estudiantil china en la plaza de Tiananmen, el ágora de Pekín, garantizó que las reformas económicas de mercado no darían paso a un cambio democrático. Fue el último servicio desde la sombra del pequeño y astuto Deng Xiao Ping, ya entonces retirado con 84 años, prácticamente sordo, pero que aún movía los hilos del poder. Dos décadas después, el equipo dirigente chino, heredero de los golpistas de Tiananmen, ligado por los mismos intereses y un clientelismo que los ha hecho ricos, tecnócratas, casi todos ingenieros, sin ideología, continúa al frente del país asegurando "el socialismo con características chinas", que les fue legado por Deng.

China es en 2009 la superpotencia emergente, ya se habla del G2 en el que se tutearían Washington y Pekín; ha conseguido sacar a centenares de millones de chinos de la miseria propiciando una clase media que nunca tuvo; ejerce un papel de primer rango en la política internacional como un poder pragmático, con el crecimiento económico como objetivo por encima de todo, y atesora billones de deuda en dólares del Tesoro de EE.UU. Pero la pregunta, ahogada en sangre en 1989, es la misma: ¿el Partido Comunista Chino podrá sobrevivir otros 20 años dirigiendo con mano dura un benéfico capitalismo de Estado? O, puesta al día: ¿el tsunami de la crisis económica amenaza el monopolio del partido único?

Las fascinantes memorias del líder comunista chino Zhao Ziyang, que se opuso al uso de la fuerza para acabar con la protesta de 1989, publicadas esta semana en inglés en EE.UU. y, en chino, en Hong Kong (ni qué decir tiene que no verán la luz en Pekín), reabren el debate sobre la correlación -no demostrada- entre libertad económica, democracia política y libertades ciudadanas. Prisoner of the state (Simon & Schuster) es el primer libro en el que un dirigente del PCCH revela las interioridades del poder chino, adjudicando responsabilidades en el golpe interno que acabó con un primer intento de que el partido único se pusiera al frente de una protesta democrática para encauzarla. Zhao Ziyang, a quien a comienzos de los años ochenta Deng había señalado el camino de la liberalización económica, intentó negociar con los estudiantes acampados en Tiananmen. Zhao les dijo a sus colegas de la cúpula comunista que los estudiantes sólo pedían reformas, que no iban contra el partido. El 1° de mayo se atrevió a decir ante el buró político que "la democracia es una tendencia mundial, y si el partido comunista no enarbola esa bandera cualquier otro lo hará y nosotros seremos los perdedores".

Zhao, entonces secretario general del PCCH, solicitó audiencia a Deng. Fue convocado en su casa en la tarde del 17 de mayo de 1989. Lo que creía que iba a ser una conversación privada para ofrecerle una salida dialogada a la crisis de los estudiantes se convirtió en un juicio protagonizado por varios miembros del Politburó. Los asistentes habían conspirado anteriormente para que Deng retirara su apoyo al líder del PCCH. "Pase lo que pase, yo no seré el secretario general que movilice a los militares para aplastar a los estudiantes", confió esa misma noche Zhao a un alto miembro del partido. Zhao, en un gesto insólito, acude a Tiananmen y provisto de un megáfono dialoga con los estudiantes y les pide que depongan su actitud. En una foto histórica que cobra hoy todo su sentido se ve, tras Zhao, rodeado por tres estudiantes disidentes, a un joven cuadro del partido con traje Mao y rostro grave que refleja la tensión del momento. Es Wen Jiabao, el actual primer ministro de China y entonces colaborador de Zhao. Pero el líder del PCCH ya ha perdido la partida. En una reunión, a la que no se lo convoca y que tenía que haber presidido como secretario general, se declara la ley marcial. El 19 de mayo, Zhao es depuesto, acusado de escindir el partido, y arrestado en su domicilio, donde murió en 2005. Deng ordena al Ejército limpiar la plaza de Tiananmen. En la madrugada del 4 de junio, las tropas abren fuego y matan a centenares de estudiantes. Perry Linnk, profesor de estudios chinos en la Universidad de Princeton, que vivía en Pekín hace 20 años, responde en el Washington Post a la pregunta inicial. "Pase lo que pase, un elemento seguirá constante en China. Este mismo grupo de hombres, unidos por intereses comunes y acostumbrados a sobrevivir a desastres y a giros políticos de 180 grados, permanecerá en el poder. Como una foca sobre una pelota, son buenos para permanecer arriba. Pero para mantener el equilibrio, el grupo a veces necesita sacrificar a un miembro díscolo". En 1989, la víctima fue Zhao Ziyang.

ADEMÁS

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.