Mi novio y el fútbol

Mi novio y el fútbol
Mi novio y el fútbol Fuente: LA NACION - Crédito: Archivo LA NACION Fabián Marelli
Dolores Caviglia
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28 de noviembre de 2018  • 00:52

Me acuerdo como si no hubiesen sido catorce los años que pasaron. Estábamos en su cuarto con la televisión encendida, sentados en la cama arrugada y a medio hacer sin hablarnos porque yo no me animaba y él no podía. Hacía ya días que estaba nervioso, que contestaba mal sin razón, que fruncía el ceño con esa intensidad tan suya; y faltaban sólo segundos para que terminara. Cuando el árbitro pitó el silbato y marcó el final, giró la cabeza y me miró, cansado, aliviado, tenso, fijo. Yo quise ir a abrazarlo pero aún no sabía cómo reaccionar. Lo esperé. No se puso a llorar pero tampoco pudo evitar que se le cayeran un par de lágrimas y me dijo con una ternura severa que hubiera podido derribar la malicia del villano más villano del mundo: "Negra, es la primera vez en la historia que con Banfield entramos a una copa internacional".

Mi novio siempre me hace pensar. Estamos juntos desde hace mucho pero no tanto. Nos conocimos a los 19, nos enamoramos con la intensidad que hay que tener a esa edad (te amo, te odio, salí, volvé, te extraño, andate, no te aguanto, no puedo sin vos), nos separamos a los 25 y a los 30 nos reencontramos. Lo quiero porque es libre, porque se arremanga y se embarra cada vez que la vida se lo exige. Lo admiro porque es adulto pero crece con la capacidad de un niño, porque cuando almuerza con su madre y sus tres hermanas se divierte de la misma forma en que lo hace los jueves con sus amigos del colegio, porque cada vez que llama por teléfono a su abuela le pregunta: ¿Cómo estás linda? Porque me quiere así, con todo. Y porque no tiene vergüenza. Cuando juega su equipo es hincha y goleador y director técnico y presidente del club y verdugo y juez y mandamás y furia dura, blanca, brumosa. Un viento de acero capaz de abrir la tierra para arrancar de raíz los árboles.

A mí nada me genera esa pasión. Ningún sentimiento me duró tanto como a él el amor por el fútbol: ni un enamoramiento, ni mi fanatismo musical, ni siquiera un trabajo y ni me quiero poner a hacer cuentas si cualquier tipo de relación. Yo no adoro nada desde la infancia, no tengo algo que me haga levantar con ilusión una vez a la semana pero él es capaz de volverse antes de las vacaciones, de perderse un bautismo, de viajar cientos de kilómetros en un colectivo escolar del conurbano junto a hinchas desconocidos que seguro toman Fernet con coca en una botella de plástico cortada, de gastarse miles de pesos en unas horas para ir a ver a "Banfield, mi buen amigo, esta campaña volveremo a estar contigo. Te alentaremooo de corazón, esta es tu hinchada que te quiere ver campeón. No me importa lo que digan, lo que digan los demás, yo te sigo a todas partes, cada vez te quiero más".

Me gusta. Me gusta verlo putear a los gritos frente al televisor aunque sepa que nadie más que los vecinos pueden escucharlo; me encanta que después de cada arrebato me pida perdón por su comportamiento y me lo justifique con un simple: "Es el Tala amor". Me fascina que no le importe nada, que haya días en que esté más preocupado por ganarle a Lanús que por el devenir de su vida. Me divierte que defienda su pasión y lo haga siempre con frases que me dejan sin dudas. Me da envidia.

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