Minoría de uno

Por Antonio Muñoz Molina
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22 de marzo de 1998  

SE siente uno solo de golpe, en medio del cine y en medio del mundo, más solo que la una, más solo que Robinson Crusoe en la soledad de su isla y que el almirante norteamericano Byrd en aquella cabaña de la Antártida donde pasó solo los seis meses de la noche polar, más solo que Alvar Núñez Cabeza de Vaca en sus peregrinaciones por las anchuras oceánicas de América del Norte. Solo, aburrido, encogido en la butaca incómoda del cine, tan incómoda además que no me permite el consuelo de dormirme. Murmuro por lo bajo, no sin cobardía, mi disgusto irreductible y ya apenas miro con los ojos entornados la pantalla en la que se está sucediendo, con toda pompa de tecnologías y efectos especiales, una obra maestra, una obra maestra tan colosal como aquellos transatlánticos que cruzaban el mar en los tiempos anteriores a los viajes masivos en avión, una obra maestra ante la que ahora mismo, en todos los continentes, en las salas de cine más grandes del mundo, en un número incalculable de idiomas, se están rindiendo multitudes calladas y entusiastas, todo en un paroxismo y un mareo de récords, de dimensiones, de cifras, la película más cara del mundo, la obra maestra del fin de siglo, la mayor máquina de recaudar dinero rápido que se ha manufacturado en Hollywood, más que nunca fábrica de sueños, de sueños baratos, universales, accesibles para todos, uniformados, protegidos con embalaje sintético, como las hamburguesas.

En el cine, en un cine de Madrid, igual que en uno de Dakota del Norte o de Singapur o de la Patagonia, la gente mira la película Titanic con el mismo arrobo y sobrecogimiento ante su tamaño con que mirábamos los recién llegados de provincias el edificio de la Telefónica, o como cuando una mañana apareció en la torre del reloj de mi ciudad natal una inmensa estatua de cartón que era el Moisés de Los diez mandamientos , de Cecil B. De Mille. En todas partes, en todos los cines, la gente consume ansiosamente palomitas, mientras mira hechizada la gran deflagración visual de esa película, y a medida que avanza la proyección y arrecia la pirotecnia del desastre, yo voy sintiéndome más aburrido y más solo, si acaso en compañía de unos pocos incrédulos como yo, deseando que el ya célebre iceberg choque cuanto antes con el Titanic , del que ya he sido informado que simboliza la arrogancia temeraria de la tecnología frente a la naturaleza, la sociedad burguesa a punto de hundirse en el desastre de la guerra de 1914, etcétera. En la pantalla, entre las multitudes de extras, resaltan unos personajes que me parecen tan complejos y tan matizados como los de una ópera proletaria maoísta: el joven héroe; la chica emancipada que ama el arte moderno; el novio machista y reaccionario que odia, claro, el arte moderno, la libertad de las mujeres y la mezcla de culturas, y que ya sólo falta que aproveche el naufragio para cometer algún acto de pedofilia. Mientras me gana una modorra que nunca llega al alivio venturoso del sueño, pienso en el misterio de los críticos que se han conmovido y entusiasmado ante esta película, a la que han declarado una obra magistral, y que sin duda deben de tener razón porque no sólo saben de cine mucho más que yo, sino que además coinciden con el plebiscito unánime de las taquillas, con el fervor multitudinario de los comedores de palomitas y los succionadores de refrescos.

En el cine, leyendo el periódico, oyendo las conversaciones de la gente en la radio o en la televisión, todo se va convirtiendo en una especie de tertulia perpetua, un guirigay monótono en el que las voces son siempre las mismas. cada vez tengo más la sensación de no entender nada, de no estar de acuerdo, de no encontrar un grupo o una tendencia o siquiera una minoría a la que pueda adherir. No soy demasiado huraño, me parece, y a mí también me gustaría tener mi grupo, mi comunidad, algo, aparte de las pocas personas en las que me refugio, tan dispersas y solas como yo; me gustaría, en esta fiebre de pertenencias que hay ahora, pertenecer aunque sólo fuera al grupo selecto de cinéfilos que se entusiasman con Titanic , o a la muchedumbre que me rodea en la oscuridad del cine disfrutando comestiblemente de ella. Pero me veo solo, tan solo en el cine como en mis inclinaciones políticas o en mis presencias literarias, tan ajeno a la derecha como desalentado de la izquierda, naufragado en el reducto de esa minoría de uno solo a la que declaraba pertenecer mi querido Cyril Connolly. Aunque algunas veces, si miro a mi alrededor, tengo la impresión de que hay mucha más gente igual de sola en esta intemperie inhóspita de los que no llegan a cuadrar en nada, cada uno de nosotros agarrado a su tabla y buscando aisladamente, enconadamente, un espacio y un tiempo donde pisar tierra firme y respirar en paz. Pero ya ve que no hay escapatoria: también yo he acabado contagiándome de las metáforas de Titanic ...

(c) La Nacion

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