Al encuentro de las intimidades rotas

Diana Fernández Irusta
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24 de septiembre de 2019  

Están las ideologías, las encrucijadas de la historia, las pasiones. Y está, también, el momento en que algo se tuerce y el otro -rival, opositor, distinto- deja de ser considerado humano.

Termino de ver El silencio de otros, documental producido por los hermanos Almodóvar y dirigido por Almudena Carracedo y Roberto Baha que, tras cosechar premios y elogios de la crítica europea, se estrenó en nuestro país. La película habla de los estragos de la Guerra Civil Española y la dictadura que le siguió y, como siempre que vuelvo a estos temas, me inunda el conocido, difuso, insistente rumor de las voces familiares. Pienso en un pariente al que no conocí; hermano de mi abuela, cuñado de mi abuelo. Un chico de pueblo, joven y manso. Cuando la caída de la República era inminente, mi abuelo, combatiente y al tanto de lo que se venía, le dijo que huyera. Que dejara España, que pasara a Francia; que tras la derrota vendría la represión, y eso incluiría a familias enteras. Joven y manso, aquel chico le dijo que no había por qué preocuparse; nunca le había importado la política, y el conflicto en el que a mi abuelo se le iba la vida poco significaba para él.

Al menos de este lado del océano, no queda nadie que lo haya conocido. Descubro que nunca atiné a preguntar su nombre o la edad exacta que tenía cuando todo ocurrió. Porque una noche -¿o una mañana?- los hombres armados que buscaban infructuosamente a mi abuelo lo encontraron a él. Y en un paredón de fusilamiento le aplicaron el escarmiento que no podían aplicar al fugado. Nunca se me ocurrió preguntar cómo se llamaba. Mucho menos, si sus restos habrían ido a dar a una de las tantas fosas comunes que, aún hoy, ensombrecen a España.

Esa sombra, entre otras, atraviesa el abigarrado relato de El silencio de otros. Hay dos Antígonas en la película. María, una de ellas, es muy mayor y muy frágil: camina despacio, habla con un hilo de voz. Con ayuda de una hija ata un ramo de flores al borde de una autopista. Mira a cámara, señala al asfalto y dice: "Aquí está la fosa".

Ella tenía seis años cuando al cuerpo exánime de su madre lo arrojaron a un pozo cavado donde en aquel tiempo solo había campo, y hoy se extienden los carriles infinitos de una carretera. "Qué injusta es la vida -susurra María-. No la vida, los humanos". Vivió sin madre; creció viendo a su padre llorar a la mujer a la que no pudo dar sepultura. A sabiendas de que su tiempo es escaso, y decidida a ser ella quien salde esa deuda, se sumó a la llamada "querella argentina": la investigación que, amparada en el principio de jurisdicción universal de los crímenes de lesa humanidad, se inició en nuestro país hace unos años.

La otra Antígona, también muy mayor, busca al padre. Sabe dónde está: bajo una lápida común, junto a muchos otros cuerpos, en un sector del cementerio en cuyos muros todavía se ven los orificios dejados por las balas al menos ocho décadas. Su pelea es por la exhumación y la identificación de los restos. Como a María, no es tanto el tiempo que le resta. Pero lo logra. Uno de los momentos más conmovedores del film ocurre cuando esta viejecita menuda, escoltada por su familia y arropada como para vencer todos los fríos, sutura la herida abierta en su infancia y da sepultura, al fin, al padre.

Más allá del caso español, El silencio de otros interroga algo que el siglo XX volvió universal; algo que resuena en Europa tanto como en América Latina, o en Ruanda, o en Camboya: ¿cómo se repara el tejido social luego de que un Estado se vuelve homicida? Incluso más: ¿cómo se sigue adelante, cuando durante una larga noche vecinos, colegas, funcionarios, pudieron convertirse en verdugos unos de otros? Lo que insinúa la película es que en la reparación colectiva late el delicado pulso de la intimidad. Y que siempre habrá Antígonas dispuestas a desafiar lo que parece inamovible.

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