Libertadores

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
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6 de noviembre de 2019  

La idea es levantarle el nivel, mejorar su presentación, ganar el interés de los hinchas de otras partes del mundo, generar un acontecimiento cada fin de año en una ciudad y convertirla por un día en la gran capital del fútbol global. Todo a imagen y semejanza de la Champions League, cuyos protagonistas tomaron una ventaja que parece indescontable para los parientes de esta región. En esas líneas pueden resumirse los objetivos de la conducción de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) para organizar sus dos competencias de clubes: la Copa Libertadores y la Copa Sudamericana.

El problema es la realidad. El año pasado tenía que ser la última copa con dos partidos finales: el segundo no pudo jugarse porque un grupo de violentos aprovecharon la distracción policial y apedrearon el ómnibus que llevaba a Boca al estadio de River. El escándalo se completó con el traslado del partido a Madrid.

Como resultó más ridículo que conveniente cambiar de continente, ahora la final River-Flamengo programada en Santiago no se mudará tan lejos. La revuelta sin desenlace a la vista de Chile se llevó el partido a Lima. No hay caso. El juego fuerte en la Copa Libertadores también es fuera de la cancha.

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