De liebres y tortugas

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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11 de octubre de 2019  

Vivimos en un mundo que admira la juventud. Es cierto que las historias de precocidad siempre nos deslumbraron. Como aquella que cuenta que Mozart empezó a tocar "de oído" a los tres años, a los cuatro sabía si su violín estaba desafinado y a los ocho podía ejecutar en el piano una complicada partitura que no había visto antes. Era un genio inusitado. También está aquella de Gauss, "el príncipe de la matemática", que a los cinco años dejó sin habla a su maestro cuando descubrió una fórmula para obtener la suma de todos los enteros entre 1 y 100 (se dio cuenta de que había 50 pares que sumaban 101: 1+100, 2+99... 50+51; y 50x101=5050). O la de Thomas Alva Edison, que llegó a registrar más de 1900 patentes y también habría sido un talento precoz (aunque dicen que, en 1855, a los tres meses de haber comenzado a ir a la escuela, regresó a su casa llorando porque el maestro lo había calificado de "improductivo").

Es una fascinación que va en aumento: a los veintitantos, Mark Zuckerberg, Bill Gates y Stephen Jobs se convirtieron en presidentes ejecutivos de empresas globales y sus nombres se convirtieron en sinónimo de lo que consideramos una persona "exitosa", y, según se dio a conocer hace algún tiempo, en Silicon Valley un chico ¡de 12 años! recibió respaldo de inversores de riesgo para iniciar una compañía "innovadora".

El matemático británico Geoffrey Hardy acuñó el tan difundido latiguillo de que "las matemáticas son cosa de hombres jóvenes", y muchos lo hicieron extensivo a la vida intelectual y creativa en todos los ámbitos. Pero hay datos que lo desmienten. Algunos muy interesantes figuran en una nota de 2017 de Pagan Kennedy (autora de Inventology: how we dream up things that change the world, algo así como "Inventología: cómo soñamos cosas que cambian el mundo") que The New York Times volvió a publicar esta semana a propósito del Premio Nobel de Química a John Goodenough. A los 97, este brillante científico se convirtió en la persona de más edad en recibir el galardón y fue delicioso escuchar sus estentóreas carcajadas cuando Adam Smith, representante de la Academia Sueca de Ciencias, le comunicó telefónicamente la decisión.

Pagan Kennedy cuenta que Goodenough ingresó a la Universidad de Chicago a estudiar física cuando ya tenía 23 años, y al llegar un profesor le advirtió que era "demasiado viejo" para tener éxito en ese campo. Por suerte, lo desoyó. Su contribución crucial a la batería de ion-litio, que hizo posible esta sociedad portátil, la realizó a los 57. Y no sería un caso tan infrecuente: según la escritora, un estudio de la Fundación de Información, Tecnología e Innovación de los Estados Unidos indica que los inventores tienen su época de mayor creatividad a fines de su quinta década (cuarenta y tantos) y tienden a ser altamente productivos en la segunda mitad de sus carreras. Otro, del Instituto de Tecnología de Georgia y de la Universidad Hiotsubashi de Japón, encontró que el promedio de edad en que los inventores registran sus pedidos de patentes ronda los 47, y que las de más valor frecuentemente vienen de los que superan los 55. Por otro lado, los grandes descubrimientos que dieron lugar a los Nobel de Física otorgados desde la década del ochenta fueron realizados en torno de los 50.

No cabe duda de que Goodenough es un fuera de serie. No solo acaba de ganar el Nobel, sino también la medalla Copley, la más antigua que entregue una sociedad científica. Hace tres años, presentó un pedido de patente para un nuevo tipo de batería de estado sólido (conocidas como "baterías de vidrio") que, si funciona, sería tan económica, liviana y segura que provocaría otra revolución. Cuando Kennedy le preguntó acerca de su éxito tardío, contestó: "Algunos de nosotros somos tortugas, nos arrastramos y tal vez no tengamos la gran idea a los 30. Pero las tortugas tienen que seguir caminando".

Por: Nora Bär
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