De murciélagos y mercados

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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7 de febrero de 2020  

Lord Northcliffe, magnate de la prensa británica de principios del siglo XX, solía decirles a sus periodistas que los temas con los que tendrían la garantía de atraer el interés de sus lectores eran cuatro: la delincuencia, el amor, el dinero y la comida. Lo cuenta el historiador de la Universidad de Notre Dame Felipe Fernández-Armesto en su Historia de la comida (Tusquets, 2019). Y enseguida aclara que en realidad solo el último es fundamental y universal, porque la delincuencia tiene un impacto minoritario, y es posible imaginar una economía sin dinero y reproducción sin amor, pero sin comida no puede haber vida. "Por ende -escribe-, resulta legítimo considerarla el tema más importante del mundo: es lo que más preocupa a la mayoría de la gente la mayor parte del tiempo".

La comida concentra toda la cultura de una época. Tiene un costado comercial, galvaniza identidades, es un indicador de clase y perpetúa tradiciones ancestrales. Y agrega Fernández-Armesto: "Nuestro contacto más íntimo con el medio natural se produce cuando comemos. El tema de la alimentación entraña placer y peligro a un tiempo".

Esta observación resulta particularmente sugestiva en momentos en que el mundo asiste con inquietud a una epidemia viral que tomó por sorpresa a los sistemas sanitarios. Según todo parece indicar, el nuevo microorganismo patógeno habría saltado de animales a humanos en un mercado en el que se ofrecían ejemplares silvestres vivos para su consumo. Uno de los principales acusados es un tipo de murciélago, aunque allí, dicen, se vendían decenas de especies enjauladas.

Las ferias formaron parte indisoluble de la vida de las ciudades desde sus comienzos. En la antigua Grecia había secciones especiales de la plaza pública dedicadas a la venta de mercancías.

Se considera que los romanos las introdujeron en Inglaterra. Eran una zona neutral donde las comunidades, frecuentemente en guerra, podían parlamentar y negociar.

Las medievales congregaban a rufianes y mendigos. Según las crónicas de la época, la corrupción que allí imperaba era "horrible", y se vendía y compraba con "mentiras y perjurios, borracheras y disputas".

Una de las maravillas que deslumbraron al mismísimo Hernán Cortés y sus soldados al llegar al nuevo continente fue precisamente el gran mercado de Tenochtitlán, al que acudían orfebres, alfareros, pintores y vendedores de todas clases. En una carta enviada por el conquistador al rey Carlos V decía que era frecuentado cotidianamente por "treinta mil ánimas arriba vendiendo y comprando".

Marco Polo quedó impresionado por el que vio en Kin-sai (o Hangzhou, "ciudad del cielo", precisamente en China), una urbe que visitó en el siglo XIII y de la que escribió que era, sin duda, "la más espléndida del mundo". Sobre sus mercados, dijo que estaban llenos de vegetales y frutas, peras fragantes, duraznos, perfumes, especias, gemas y perlas. Y carnes de todas clases.

Quienes estudian las enfermedades que saltan de animales a personas especulan con que esta preferencia por lo "fresco" y lo "natural", además de creencias colectivas que les atribuyen propiedades singulares, ceremoniales, medicinales o sagradas a ciertas especies, facilita una cercanía que soslaya recaudos indispensables.

Si lo de los murciélagos se confirma, el nuevo coronavirus se agregará a otros procedentes de este mamífero volador, como el SARS y el MERS. Según dijo Peter Daszak, presidente de la Alianza EcoHealth, a The New York Times, ellos también son el reservorio natural de los virus de Marburgo, Nipah y Hendra, y del Ébola, que originaron brotes en humanos en África, Malasia, Bangladesh y Australia.

Parafraseando a Fernández-Armesto, invadir territorios naturales o coexistir con ciertas especies puede ser un extraño placer, pero sin duda, también un peligro.

Por: Nora Bär
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