El atleta y el poeta, en días de Wimbledon

Víctor Hugo Ghitta
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29 de junio de 2014  

Rafael Nadal lee a Isabel Allende; Andy Murray y Venus Williams, a J. K. Rowling. Hay que distanciarse de los primeros puestos del ranking para recién encontrarse con Andrea Petkovic, lectora confesa de Sartre y Nietzsche, y con Ernests Gulbis, frecuente lector de los clásicos rusos y Murakami. En los tiempos libres que conceden torneos y entrenamientos exhaustivos, los héroes del tenis –humanos, al fin– prefieren, nos dicen los cronistas de The Guardian en Wimbledon, surfear páginas de literatura ligera y no hundirse en las profundidades de los grandes textos.

Los escritores, en cambio, se han ocupado de ellos. En primer lugar, Vladimir Nabokov (él mismo jugador y profesor ocasional), pero también Amis, Wallace, Le Carré, Theroux, Updike, Bioy, entre tantos. Quizá el más agudo haya sido John McPhee, que en Levels of the Game (1969) registró la semifinal entre Arthur Ashe y Clark Graebner en Forest Hills. Están ahí la danza elegante y el juego de estrategia, el heroísmo y la destreza física. O sea, el atleta y el poeta, viejo ideal de la Grecia clásica.

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