El juego, muy serio, de hacer palabras

Diana Fernández Irusta
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3 de diciembre de 2019  

Durante una presentación, el azar se convirtió en helicóptero. El libro trataba de la tragedia, el escenario era un patio enorme, devastado, que recordaba a un anfiteatro; había coro -con máscaras no precisamente griegas- y dos mujeres al frente, leyendo cada una un texto. De la nada, apareció un helicóptero: runrún de hélices allá arriba, polvo y remolino para todos; las dos chicas siguieron su lectura, al tanto de que ese imprevisto se engarzaba a la perfección en una puesta que se quería intensa, inesperada, fuera de guion.

" Caos ordenado", define la poeta y traductora Bárbara Belloc, y habla de la pasión por el hilo secreto que suele asomar entre hechos disímiles. De lo que habla, también, es de pato-en-la-cara, el proyecto que, de la mano de un caos muy lúdico y un amor por la palabra muy serio, viene impulsando junto a la poeta, traductora y dramaturga Teresa Arijón y el sociólogo y ex Organización Negra Manuel Hermelo.

Tengo en mis manos El ladrillo hueco, una de las últimas obras de pato-en-la-cara, que es sello editorial, y un poco juego, y apuesta performática a la vez. "Una obra en sí misma", sonríe Bárbara.

Me cuenta que todo empezó hace más de diez años. En algún momento de 2005, Manuel, Teresa y Bárbara se pusieron a hablar de los libros que les faltaban. Títulos que les gustaría hacer, que no se habían traducido, que nadie había importado o editado por aquí. Lúdico y serio: armaron un plan editorial, determinaron el monto que, mes a mes, iría nutriendo la alcancía del emprendimiento y se citaron, formal y juiciosamente, al día siguiente, para firmar un pergamino que sellaba el compromiso. Catorce títulos de los cuales dos serían obras sonoras. Sello editorial efímero, concepto que poco a poco se iría plasmando en delicadas piezas de papel, tinta y diseño. Y una constancia con algo de la vital y blanda insistencia del agua.

"Estamos a cuatro títulos de cumplir con el pergamino", se ríe Belloc. Y es verdad. Hace poco más de un mes, presentaron -sin helicóptero, pero con el mismo gusto por los pequeños acontecimientos- El ladrillo hueco, obra colectiva de los pato-en-la cara, y Día más día menos, libro de la poetisa brasileña Angela Melim (que viajó a Buenos Aires y leyó algunos de sus poemas el día de la presentación).

"Le dio un pato en la cara a 500 km por hora". De esa frase, tomada de Mundo espejo, novela de ciencia ficción de William Gibson, surgió el nombre del proyecto. Y de los grandes amores de los firmantes del pergamino, los géneros a publicar: poesía, ensayo y teatro. Porque narrativa es lo que abunda allá afuera, y lo que a ellos los inspira es el rescate de gemas secretas, escritas en portugués, gallego, inglés, francés, griego. Le pregunto a Bárbara dónde conseguir los libros, más allá del innegable sabor de ser parte de sus esporádicas presentaciones. Me dice que en Librería Norte, en patoenlacara.net, y ya. Le pregunto que por qué figura Lisístrata en el plan, que al fin y al cabo es un texto que ya fue traducido. En su respuesta descubro el otro sentido de pato-en-la-cara: un enorme, amoroso, elogio de la traducción. Quieren publicar Lisístrata porque no están satisfechos con las versiones disponibles; ansían volver a leerla, habitar la lengua en que fue escrita. Y luego, recién, traducirla. Se entusiasma: "Hay otro modo de traducir, que no implica versionar las obras clásicas. Es encontrar el ritmo, el sentido, la temporalidad. Mantener esa fidelidad y buscar el modo en que ese texto tenga sentido, hoy". A Bárbara siempre le gustó la ciencia ficción; Bárbara, desde hace tiempo, bucea en el océano profundo y antiguo de la filología. Quizá por eso intuya tan bien el temblor que anida tras cada palabra. Caos ordenado. Abro al azar El ladrillo hueco, leo: "Como el fuego de un faro en el abismo del mundo". Y me pregunto qué sería de todos nosotros sin el enigma de ciertos modos del decir.

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