El megáfono y la república

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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7 de agosto de 2019  

Allá abajo, en los abismos más profundos de toda grieta, habita un equívoco peligroso. Envenena la sociedad y las relaciones entre personas. Está tan instalado que no lo advertimos. Pero embosca y conspira todo el tiempo. Con frecuencia, prevalece.

Una cosa es la verdad. Otra, muy diferente, es decir la verdad. Confundir una con otra es la forma más efectiva de devastar la convivencia.

Sabemos que hay muchas verdades. Por ejemplo, a ningún arquitecto juicioso se le ocurriría diseñar un edificio de acuerdo con la geometría hiperbólica; respetará a Euclides, y todos contentos. Esto no significa que las geometrías no euclidianas sean un embuste. Un universo, dos verdades.

De poco nos serviría excusarnos de nuestra impuntualidad explicando que el tiempo es relativo al marco de referencia del observador. Porque en la vida cotidiana el marco de referencia es uno solo, y ahí manda Newton. Afuera, a velocidades y distancias inconcebibles, reina Einstein. Un universo, dos verdades.

Tan pronto nos alejamos de las ciencias exactas -¿están pensando en el gato de Schrödinger?-, las verdades se multiplican. De hecho, algunas son mentiras verdaderas. ¿El sol se está poniendo? Sí, es obvio. Y es asimismo falso. La primera es la verdad desde la reposera. La segunda es la verdad astronómica. Un consejo: no estropeen un crepúsculo romántico presumiendo erudición.

Cuando sostenemos que nadie tiene la verdad revelada, afirmamos precisamente esto. Que la verdad es un gigantesco rompecabezas cuyas piezas a menudo no coinciden y con frecuencia se solapan. Que varias premisas necesitan en ocasiones ser ciertas y falsas a la vez.

Tuve el honor y la inmensa fortuna de estudiar Lógica con Carlos Alchourrón. Su inteligencia era tanta que por momentos se volvía algo tangible, como una vibración en el aire atento del aula. Desde entonces, y como lo había sido el tema de la libertad cuando cursé las filosofías, el de la verdad se volvió una de mis obsesiones. Así, mi trabajo para el examen final fue construir una lógica trastornada, basada no en leyes, sino en falacias. Lo increíble era que funcionaba a la perfección. Ya he contado esta historia, pero el caso es que, sin darme cuenta, al fabricar ese Frankenstein de la razón, estaba describiendo la anatomía del relato, una colección de silogismos invertebrados, pero insidiosos.

Lo verdadero es importante en Lógica, tanto como lo falso. Pero no decimos verdad y mentira. Decimos verdadero y falso, y esta ciencia no podría concebirse sin ambos. Fuera de la academia, profesar que verdadero equivale a verdad y que falso es igual a mentira constituye el espinazo de todos los fundamentalismos.

Mentir es sostener algo que sabemos que es falso. No tiene que ver con la verdad, porque existen muchas, sino con la impúdica intención de engañar. No tenemos tal propósito si estamos convencidos de que lo que decimos es cierto aunque al final resulte falso. Dos beneficios se derivan del humilde acto de distinguir la verdad de decir la verdad.

El primero es que, si descubrimos que estábamos equivocados, todo se reduce a incorporar un nuevo conocimiento o una nueva perspectiva, asumir el error, ganar otra mirada. No perdemos. Todo lo contrario.

El segundo es que, al ser conscientes de que solo poseemos una dosis pequeña de la verdad, el que piensa de otro modo deja de ser un enemigo al que hay que destruir y se vuelve un aliado. La convivencia se construye cuando las personas disienten en paz y en libertad. La violencia suele ser cómplice de la opresión; su principal aliada es la hipocresía, una suerte de mentira de patas largas.

Cuando admitimos que no somos guardianes de verdades últimas e inapelables, empezamos a valorar una de las virtudes cardinales que les permiten a las sociedades evolucionar. No las grandilocuentes consignas de megáfono, sino, simplemente, no mentir. Decir la verdad.

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