El poder de las palabras

Carola Birgin
Carola Birgin LA NACION
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25 de febrero de 2020  

Recuerdo el estruendo de mis carcajadas. Intentaba ahogarlas para no despertar al resto, pero era incontrolable. Mi cara, empapada por las lágrimas que arrancaba la risa. Pocas veces un texto me había resultado tan desmedidamente gracioso. Fue en el verano de 2005. Mis hijos tenían dos y cuatro años; nuestras vacaciones familiares prometían mucho, aunque el relax no figuraba en la lista. La energía descomunal de los chicos y su nivel de demanda -ahora que por fin teníamos tiempo ilimitado para estar juntos- eran directamente proporcionales a mi cansancio y esa sensación de zozobra que producía el ciclo interminable que nos tocaba: alimentar, cambiar, jugar, alzar, separar en las peleas, explicar con paciencia, cuidar con amor. La crianza no se toma vacaciones, y con hijos pequeños, menos.

Ilusamente, había llevado en la valija una novela de esas robustas para leer frente al mar. Pero contaba con mínimos intervalos -en los que no caía rendida- de recreación personal. El hotel donde nos hospedábamos, en Ostende, tenía una generosa biblioteca, así que decidí probar suerte con relatos breves. Algo corto, abarcable. Con un impulso que hoy reconozco alienado, elegí un libro llamado Como una buena madre, de Ana María Shua, título de uno de los cuentos en que sucedían escenas desopilantes con las que me sentía tan identificada.

Al final del veraneo, devolví el libro a su anaquel de origen y me quedé con la sensación de que me faltaba, necesitaba tenerlo. En realidad, lo que más deseaba era prestárselo a mis amigas, las de la cofradía con las que compartía las vicisitudes de la maternidad recién estrenada. Quería convidarles la risa.

Busqué el libro para comprarlo, pero estaba totalmente agotado. Me declaré vencida y di por concluido el tema.

Años más tarde, mi marido coincidió en un trabajo con la hija de la escritora y le contó la historia. Al día siguiente, Ana María Shua mandó un ejemplar del libro dedicado para mí.

Esa misma noche, después de la cena, tuve una nueva cita con Como una buena madre. A la luz del velador de mi cuarto me dispuse con mucho entusiasmo a releer ese cuento que ya no recordaba. Me suele suceder: yo leo y olvido. Olvido los hechos, los nombres, las tramas, pero siempre me queda la emoción que me generó la lectura. Fui a buscar la carcajada, a divertirme un rato.

Pero comencé a leer y me desconcerté por completo. ¿Cómo podía haber tenido y conservado una percepción tan distorsionada? A medida que pasaba las páginas, esa madre que se esmera en ser buena y cumplir con las exigencias del manual empieza a verse desbordada y a transfigurarse.

Los niños se pelean, el bebé llora de hambre, el verdulero llega con el pedido y hay que atenderlo a él también. Papá se fue de viaje. Los hermanos mayores están fastidiosos, no obedecen, cada vez se enfrentan con mayor violencia, intentan matarse entre sí y amenazan la vida del bebé. Agreden sin restricción. Ella quiere hacerlos entrar en razón, ser dulce, amorosa. Aunque cada vez lo es menos. Quiere estar sola, un momento nada más, pero antes de todo está el mandato de ser una buena madre. La tensión escala y todo se va de las manos. La casa se descontrola, se inunda, se rompen vidrios, ella se lastima. La madre herida -además de hastiada, frustrada, desencajada, enfurecida, dolida- sangra.

Lejos de ser una comedia, el cuento tiene un sino trágico.

En el verano en que lo leí por primera vez, cuando me causó tanta gracia, no podía imaginar que el mismo relato, muchos años después, me produciría taquicardia; ni podía sospechar que, gracias a la perspectiva de una etapa ya superada, me haría sentir tan agradecida con Ana María Shua por haber logrado con su escritura tender un puente a la catarsis en el momento en que yo más lo necesitaba.

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