El políglota que sabía demasiado

Pedro B. Rey
Pedro B. Rey LA NACION
(0)
9 de febrero de 2020  

También George Steiner, alguien que dedicó su talento crítico a desbaratar lugares comunes, puede ser presa de las etiquetas. Cuando murió el lunes último, la frase de siempre volvió a señalarlo como el último de su especie, el resistente y tardío anticuerpo de un humanismo que hace tiempo habría pasado a mejor vida. Steiner era, claro está, mucho más que eso. Su defensa de la cultura, de la ilustración y de la racionalidad estaba lejos de ser un añoranza retroactiva. No sin astucia, él mismo fue uno de los que se encargaron de propagar la idea de que le correspondía ese sitial abandonado. No es difícil suponer en eso una nostalgia de corte autobiográfico. Steiner nació en París en 1929 (con buenos reflejos su familia, de origen judío, huyó temprano de Viena) y en 1940, al principio de la Segunda Guerra Mundial, se trasladó a Estados Unidos. Su trilingüismo (dominaba sin distinciones el inglés, el francés y el alemán) le dio más tarde un background maravillosamente desfasado: su cultura sin fronteras debió interactuar con una posguerra que empezaba a desconfiar de las viejas tradiciones. Steiner, frente a ese panorama, parece haberse grabado en la frente aquella frase que Flaubert anotó en una de sus cartas: que la cultura en realidad consiste en unos pocos individuos que de generación en generación se pasan la antorcha.

En todo caso, famoso por sus rabietas malhumoradas, este crítico políglota que sabía demasiado dejó su huella de personaje gruñón más que nada en las entrevistas, donde echaba a rodar frases apocalípticas sobre el futuro de la cultura, despotricaba contra bestias negras como la deconstrucción (no era lo único en que se parecía a Harold Bloom) o lamentaba que los más talentosos de sus alumnos salieran corriendo detrás de los billetes que ofrecían los medios anglosajones en vez de dedicarse a la sobriedad de la escritura.

Steiner era un intelectual, un catedrático, un experto en literaturas comparadas. El tono magistral, que se fue acentuando con las décadas, terminó dejando en las sombras sin embargo una de sus mejores cualidades: la de saber moverse como pocos en la arena pública. Después de estudiar en Oxford, Inglaterra (antes había pasado por Chicago y Harvard), y tras un primer fracaso académico, el futuro crítico se fue a trabajar por algunos años como periodista a The Economist, donde escribió sobre la OTAN y le tocó a entrevistar a Robert Oppenheimer (el director del Proyecto Manhattan), que lo invitó a retomar su carrera académica en Princeton.

Steiner escribió una cantidad de libros importante, pero la manera más directa de testear su perspicacia crítica sigue resultando su trabajo para la prensa, sobre todo el que publicó durante tres décadas en la revista The New Yorker. Varios de esos artículos figuran en George Steiner en The New Yorker y también en Extraterritorial, donde habla de los autores que se desarrollaron en una segunda lengua (Joseph Conrad, Vladimir Nabokov, pero también Borges, que, según entiende Steiner, se formó en inglés y quedó marcado por el plurilingüismo de su adolescencia en Ginebra).

Una muestra de su tono. En 1970, escribe sobre el autor de El Aleph: "Inevitablemente la actual fama mundial de Jorge Luis Borges acarreará para algunos la sensación de pérdida íntima. Como cuando una vista hace largo tiempo atesorada, una pieza de coleccionista de y para la mirada interior, se convierte en un espectáculo panóptico para la horda de turistas".

También podía cumplir con los requisitos del crítico cruel: en 1979, su destrucción de Letters, algo así como la cumbre de la novela erudita posmoderna, hirió para siempre la difusión de la obra de John Barth (un escritor al que, a pesar de ese brulote, todavía leo y admiro).

Steiner exploró en sus distintos títulos tanto las gramáticas de la creación como la poesía silenciosa de Paul Celan, pero de elegir uno me quedo con Después de Babel (1975). La hipótesis que domina ese volumen, que puede citar en el mismo nivel de registro a John Dryden, Isidore Isou y Noël Coward, es que todo resulta susceptible de traducción y que, en el fondo, cada cual tiene una suerte de vocabulario privado: eso es lo que vuelve a la literatura para siempre irreemplazable.

Pero Después de Babel es también un libro sobre la variedad de idiomas y dialectos en que no faltan las anécdotas de políglota. ¿Existe la lengua materna para alguien que domina varios idiomas? El trilingüe Steiner se pone como ejemplo para descartar una respuesta concluyente. Durante un accidente frontal en la ruta, con él al volante, gritó al parecer una frase muy larga. ¿En inglés, en francés, en alemán? Nunca pudo recordarlo. Tampoco su mujer. He ahí uno de esos inocuos misterios de los que también está hecho un crítico que sospecha hasta de sí mismo.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.