En la montaña rusa térmica

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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15 de mayo de 2019  

Me desperté, como siempre, muy temprano. Todo un domingo de sol, anunciaban. Pero bajé al living y sentí que me había adentrado en los confines de la Antártida. Encendí la caldera. Hace unos años, con mi bien conocida obsesión por la eficiencia energética (enseguida, una anécdota sobre esto), investigué los métodos de calefacción, y me incliné por los radiadores. Así que a los cinco minutos ya no me temblaban las manos al sostener la taza de café. Otros cinco minutos más tarde, buzo mediante, el ambiente estaba confortable.

Ah, sí, la anécdota. Cada tanto, cuando llevo mi auto al servicio anual, viene el jefe de los mecánicos y me pregunta si cambié los discos de freno hace poco. "Porque casi no están gastados, y deberían estar para reemplazarlos ya. Pero, bueno -farfulla confundido-, los dejamos un año más, si le parece."

Le explico entonces, no con la intención de abrumarlo, sino para que descarte la idea de que sus muchos años de oficio han sido en vano, que casi no uso los frenos. Me mira azorado. Con un espíritu socrático que no a todos les cae bien, pero que me resulta inevitable, le pregunto: "Porque... ¿qué es frenar?". No espero respuesta. Le explico que frenar es desperdiciar el combustible que empleaste para alcanzar esa velocidad que ahora te sobra. En mi caso, le revelo, hago uso de la inercia; se ahorra mucha nafta, además. Así que, como ven, lo mío con el desperdicio de energía es bastante denso.

Domingo de sol precioso, protesté, mientras veía que la niebla se disipaba, lenta y otoñal. Salí al jardín. Olía a frío. Pensaba dedicarles tiempo a mis plantas, pero me refugié otra vez en el living. Los perros solo habían asomado sus hocicos relucientes desde el fondo de sus cuchas de madera, y montones de horneros, benteveos, palomas y ratonas picoteaban en el césped. Vaya guardianes, los dos pichichos.

Mi estudio, una de cuyas paredes da al sur, estaba helado. Solo una hora después la temperatura fue apta para consumo humano, así que solo pude trabajar un poco antes de prepararme para el asadito que había prometido. Volví al jardín. Ahora los perros correteaban y hacían todas esas cosas ridículas que les inspiran el sol y el césped, y la temperatura se había tornado bien primaveral. Corrí a apagar la caldera.

No me gusta hacer nada con prisa. Creerán, acaso, que no se condice con este oficio que he elegido para toda la vida. Es al revés. Uno de mis maestros me dijo una vez: "Ariel, antes de escribir una nota, aunque quede poco tiempo hasta el cierre, tómese cinco minutos para pensar". Palabras sabias. Otro de mis jefes me preguntó una mañana cómo andaba. "Corriendo", le respondí. "No corras -observó-, que no vas a llegar al final del día".

El hecho es que el asado y sus accesorias estuvieron como a las dos de la tarde y, para entonces, ya hacía un calorcito franco y campechano. Un par de horas después la escena era como de enero, con protector solar y todo. A eso de las cinco de la tarde tuve que subir al estudio para terminar lo que había empezado por la mañana. Como la habitación está en la parte más alta de la casa, me recibió una bocanada de aire caliente como la de un horno de barro.

Por las ventanas de la otra pared, la que da al norte, entraba una luz cegadora. Corrí las cortinas. Me senté ante la pantalla, aturdido. "Voy a tener que prender el aire -rezongué, mientras sacaba el control remoto del cajón donde lo había archivado porque parecía que ya no sería necesario sino hasta noviembre-. ¡Caldera a la mañana y, ahora, aire acondicionado!" Estaba indignado.

La noche cayó rápido y se levantó un viento fresco. El agua del calefón solar seguía saliendo a 80 grados, pero los perros volvieron a guardarse en sus cuchas después de comer, y el olor a invierno impregnó otra vez el aire vespertino. Antes de las once rescatamos los buzos y encendí la caldera hasta la hora de dormir. Me dicen que el otoño es la estación más estable del año. No me parece.

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