Ese café perdido

Dolores Caviglia
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2 de febrero de 2020  

No suelo sentarme en el colectivo cuando regreso a casa desde el diario porque pienso que bastante tiempo estuve así ya por lo que mejor quedarme parada para estirar las piernas, para que la sangre circule o no o lo que quiera, pero ese martes estaba más cansada de lo normal, creo que había mucha humedad, así que vi un asiento libre en la última fila y lo ocupé y de repente miré hacia la ventana de la izquierda y había una chica que manejaba su auto gris y que paró en el semáforo y que agarró una botella de plástico rosada para tomar algo, asumo que agua, y que en la botella de plástico rosada, apenas salmón, llevaba escritas dos palabras en inglés, en negro y en mayúscula: "TO GO". Me cansé más.

Aparte de que me aburre mucho que hablemos en publicidades o campañas o locales en un idioma que no es el nuestro, de que mejor "PARA LLEVAR" que esos dos monosílabos terminados en o, me agotan ciertos cambios de costumbres porque no me gustan. Soy arbitraria. Soy caprichosa. La globalización me parece una buena idea. A veces. Sin dudas. Me encantan internet, chatear con mi amiga Cecilia de Palermo a Minnesota como si estuviera a tres paradas de colectivo, ver a Rollo sucio y con su pelo largo trenzado traicionar a su hermano Ragnar en Vikingos, comprar ropa en esa cadena de tiendas de moda española y buscar en Google todas las taradeces que me olvido con los años y que quiero recordar cuando me junto con las chicas en cualquier lugar y nos queremos reír hasta no aguantar. Hasta que la primera diga basta.

Pero desde hace un tiempo cada vez que pido un café, según el local, me preguntan si lo quiero para beber allí o para llevar y me molesta. En mi país no se toma mientras se camina. No se tiene que tomar mientras se camina. El café no es una infusión. Obvio que sí. Pero no. Es la pausa. El encuentro. La excusa. Un hueco. Una improvisación. Una taza de porcelana y un mozo buen mozo vestido de mozo que lo trae. Son confesiones. Muchas veces llanto. Una propuesta. Una despedida. Yo puedo juntarme con alguien a tomar un café pero en verdad tomo un jugo o una gaseosa porque no importa. Es café igual. Es ese momento.

Hay días en que pienso que entre el celular y estos vasos con tapa el sistema (lo escribo y me río, quién sabe qué es eso) nos quiere dejar sin ocio. Cuando nos vamos del trabajo seguimos trabajando porque al celular nos llegan mails y contestamos y si no contestamos casi siempre los leemos. Y los recipientes térmicos que transportan café consiguen que no nos sentemos. Que no nos tomemos ni cinco minutos.

En los años 50, y antes, París era una fiesta. Perdón el lugar común. Lo vale. El bulevar Saint-Germain, otras calles, los rincones, estaban llenos de locales con toldos de colores y mesitas en la calle y artistas. Café de Flore, Le Procope, Le Select, Café de la Paix, Les Deux Magots, La Coupôle. Allí, por años, por tardes, por horas, por noches, se reunían autores como Albert Camus, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Boris Vian, Marguerite Duras, Jacques Prévert. Se juntaban y hablaban de literatura, de amores, de la vida, de todo. El argentino Julio Cortázar, que vivió años en la ciudad, que está enterrado allí, también tenía el hábito. Paraba en el café Old Navy, tomaba algo y escribía en un cuaderno que cerraba justo antes de partir. Una vez el colombiano Gabriel García Márquez escribió sobre esto. En El argentino que se hizo querer de todos dijo: "Lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo".

En Buenos Aires, hace ya un siglo, la escena era parecida. La literatura había sido copada por la vanguardia y los dos grupos del momento, los de Florida, los de Boedo, habían elegido cafés para sus charlas y debates. Los primeros, más ligados a las clases altas, que cuestionaban las formas, que apoyaban el surrealismo, se juntaban en la confitería Richmond. Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal, Victoria Ocampo. Los otros, algo más obreros, algo más populares, algo más realistas, discutían sobre el arte, sobre la política, entre otros, en el café Margot. Elías Castelnuovo, Nicolás Olivari, Leónidas Barletta.

Por eso, ahora, que sentarse no parece la norma, que el café se toma de a onzas y de parado, mientras se camina a un turno con el médico o a una entrevista laboral, pienso. ¿Dónde se juntan los escritores?

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