Euforia y melancolía de una generación

Verónica Chiaravalli
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9 de septiembre de 2019  

Libros de Javier Marías, libros de Pérez-Reverte; de Millás, de Vicent, de Savater. No los premeditadamente literarios, sino aquellos que reúnen su prosa de prensa, esas piezas obligadas ("alimenticias", dirían allí), con fecha y hora de entrega establecidas y límites de hierro para encajar en el lecho de Procusto que es la página del periódico. Artículos o ficciones veloces que tocan la actualidad inmediata; que apuntan lo extraño en lo cotidiano.

Esos libros son -si no para sus autores, sí para sus lectores- pequeñas joyas. Insuflan permanencia en lo que nació fugaz. Llaman la atención sobre aquello que el ojo acaso pasó por alto, acuciado por la falta de tiempo o imantado por la noticia del día: esos textos por lo general breves, hechos para el puro placer de la lectura que, recopilados, entre tapa y contratapa cobran un cuerpo que sabe distinto. Sabe mejor.

A esa familia pertenece Gente que se fue (Círculo de Tiza), del escritor y periodista David Gistau (Madrid, 1970). Cronista y columnista de El Mundo, su nuevo libro hilvana cuentos inéditos con otros ya publicados, como perfecto acompañamiento de la vivaz nouvelle (¿embrión de una novela generacional?) que da nombre al volumen. Recuerdos de infancia (risueños o trágicos), amores juveniles, pasiones y miserias urbanas son la materia de su escritura. "Es un tipo que ilumina todo lo que le rodea", dice Javier Aznar acerca del autor, en el prólogo. Lo cual no quiere decir que Gistau vuelva luminosas las cosas que observa, sino que las hace visibles también para otros. Y de otra manera. Así, en "Gente que se fue" -y que alude (aunque no solo) a una variedad de personajes secundarios de la ochentosa "movida" española posfranquista-, donde a simple vista parece haber un colorido desfile por los bares madrileños de protoartistas y bohemios (novelistas sin novela, libretistas de TV que sueñan con Hollywood y almas sensibles más solas que libres), Gistau ve el peligroso punto de inflexión, la línea de sombra de la que no se vuelve: "Daniel sospechaba que el Lancelot era también un varadero. Una estación terminal donde personas compasivas por amistad las unas con las otras, pero con vidas igual de fracasadas, se engañaban como en una terapia dulcemente hipócrita. Hubo, de hecho, el caso del novelista con aspecto de ídolo del rock que no solo publicó por fin, sino que además clavó a la primera un éxito con adaptación al cine. Una noche llamó perdedores a los habituales, a sus amigos de siempre, como si su libro exitoso fuera el pasaporte hacia un mundo mejor que en el fondo todos anhelaban. Salió del Lancelot como quien salta por la borda de un barco cargado de ánimas errantes y no regresó jamás Del Lancelot se debía huir en algún momento, antes de que alguien corriera el cerrojo para obligar a los que quedaran dentro a esperar la muerte repitiendo una y otra vez la misma noche de copas, con las mismas compañías, con las mismas conversaciones".

Aficionado a Buenos Aires -ciudad que conoce bien porque en ella vivió y amó-, Gistau hace con la recreación de sus días porteños algunos de los relatos imperdibles de su libro. Anclado aquí por una mala obsesión, lo cobijaba un amigo que empezó a llevarlo de milonga para "hacerlo olvidar". "Pero eso duró poco", cuenta el narrador de "Baires Fest". "En parte porque entramos en un circuito de fiestas sofisticadas a un lado y al otro de Palermo, el barrio cortado por las vías del tren en el que todo parecía juvenil y moderno y había tantas chicas preciosas que apetecía comprarse una silla y sentarse en la acera para dedicar el día a verlas pasar. Y en parte porque, de pronto, todo lo distorsionó la posibilidad de contemplar en acción uno de los monstruos más voraces de la naturaleza: el peronismo cuando decide liquidar a un presidente ajeno". Se refiere a los días funestos de 2001, vale aclarar.

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