Fiebre por el dólar: ansiolíticos para todos

Eduardo Chaktoura
A menos datos, más inquietud, más alertas y más alarmas
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18 de mayo de 2012  • 01:38

Salí "silbando" por lo bajo, sin haber podido comprar ni un dólar. Subí al auto camino al consultorio. Más allá del tránsito por culpa del no subte, llegué tan sólo 45 minutos más tarde de lo previsto. La secretaria me dice que el paciente suspendió su consulta por el caos en el transporte. Sólo un mate podía aliviar la "energía cruzada". Yerba no hay. Por ahora, tenemos té o café. Por suerte suspendí el azúcar, así como las frituras. En el súper uno o dos paquetes de dulzura por persona y si alguien ve el aceite, no dejen de avisar...

Junté el enojo y antes de que llegue el próximo paciente, hice un respiro profundo y me puse a pensar, esa maldita costumbre que uno tiene para tratar de entender cómo nos impacta la vida, qué sentimos con todo esto que nos pasa.

La incertidumbre y el límite caprichosos son dos socios que arremeten y provocan más ansiedad

¿Qué se esconde detrás del "no hay", "no se puede", "vos sí, vos no"? ¿Qué provoca el silencio, el "no hay respuestas"?

La incertidumbre y el límite caprichosos son dos socios que arremeten y provocan más ansiedad de la que cada día cuesta más encontrar salida.

No es falta de optimismo, por el contrario. Sentido de realidad. Lo dicen los libros y no es difícil de interpretar: a menos datos, más inquietud, más alertas y más alarmas. Lo mismo ocurre cuando la información nos desborda con datos confusos, de fuentes no directas, responsables o "bien calificadas".

Para que no haya malos entendidos, qué mejor que dar a conocer los motivos reales o, al menos, intentar chapucear algunas pistas que calmen el desconcierto y la impotencia

Para que no haya malos entendidos (o disparadores de angustia), qué mejor que dar a conocer los motivos reales o, al menos, intentar chapucear algunas pistas que calmen el desconcierto y la impotencia.

El silencio, así como el doble discurso, fragmentan el sentido de realidad (con todo lo que eso implica).

El niño no termina de crecer, incluso enferma, cuando su padre no es concreto ni preciso. Cuando no sabe estar presente. Cuando no intenta, siquiera, sintonizar con su crío. Cuando cree que da lo mismo el negro que el blanco o el "blue".

Bienvenido cualquier intento de explicación saludable, la que se pueda. Bienvenido el límite en tiempo y forma, siempre y cuando tenga un motivo que, aunque doloroso y contundente, contribuya a sobrevivir ajustados al "sentido de realidad". Ni que hablar del deseo de satisfacción o bienestar.

El silencio, así como el doble discurso, fragmentan el sentido de realidad

¿Qué "sentido" puede tener el "no porque no", "porque lo digo yo que soy tu padre", "porque yo decido qué se puede y qué no"?

Esto no le da seguridad a nadie, tampoco al propio padre, tutor o responsable que, en definitiva, corre el riesgo de perder la confianza de su hijo. Entonces, sí, gobernará la ansiedad y los ansiolíticos (si se consiguen).

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