La guerra oculta en las pequeñas vidas

Diana Fernández Irusta
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10 de septiembre de 2019  

La melena rojiza, los ojos oscuros; toda ella parece habitada por un dolor desmesurado. Habla a ritmo irregular; por momentos se retrae, por momentos lanza palabras a borbotones. "¿Por qué estaba allí? -se pregunta-. ¿Por qué me daban pastillas? Lo único que quería era suicidarme".

Chaos, la película de la directora siria Sara Faltahi, trata sobre el exilio. Pero lo hace del modo más íntimo, pequeño y sutil posible. Incluida en la sustanciosa programación del 10º Festival Internacional de Cine Migrante (cuya gala de apertura se realizó la semana pasada en el Centro Cultural San Martín), es una obra que más que trabajar con alegatos se nutre de pinceladas. Más que hacer el recuento de las atrocidades de una guerra, se hunde en el callado drama de la reconstrucción personal. Cómo se hace -es la pregunta que subyace a la película- para seguir adelante después del desastre; de qué manera -y más allá de lo que los Estados hagan o deshagan- se pueden recuperar los jirones de tanta subjetividad hecha trizas.

Está, entonces, Heba, con sus ojos profundos, su melena color fuego. Cuenta algo que podría ser memoria, sueño, o relato de algún otro. Una historia de tormenta, de agua, de oscuridad y de frío. En la otra vida, su lugar en el mundo era Damasco; ahora vive en Suecia, rodeada de un bosque al que teme, en una casa a la que apenas reconoce, inmersa en una lengua que no es la suya. En el particular registro documental de Chaos no hay cronologías estrictas, apuntalamientos teóricos ni la voz de algún especialista que señale esto o aquello. Están los ojos de Heba, que pinta, hace collages, se embelesa con los pájaros del bosque (pero tiende a mirarlos tras el vidrio de una ventana). Algo -la guerra en sí misma, lo que sea de la guerra que le haya tocado a ella en particular- la rompió por dentro. Antes de instalarse en esta casa, estuvo en un hospital psiquiátrico. Sufría episodios confusos, se perdía; la inundaba una desolación que a todas luces persiste, pero con la que ahora puede convivir.

Sara Faltahi, la cineasta, aparece en la película; al fin y al cabo, ella es una siria que también se pregunta por su camino, lejos y cerca de casa. Como realizadora, se detiene, numerosas veces, en las manos de las mujeres cuyos testimonios dan forma a Chaos. Manos que preparan un café, que se demoran sobre el mármol de una escalera o se detienen frente a un vidrio; que rezan, pintan, cortan telas, cocinan.

Son las manos, también, de Raja, que ya no es joven, que no se exilió. Que permanece en una Damasco a la que mira con tanta extrañeza como Heba contempla el bosque sueco. Raja reitera los gestos de un ritual: entra en una pequeña habitación, la arregla, acomoda -más bien acaricia- las mantas de una cama que permanece vacía. En la mesa de luz hay un reloj, junto al reloj, el retrato de un muchacho. "¡Mamá, lo mataron!", recuerda que le dijo su hija, hermana del retratado. La guerra, siempre la guerra.

Raja usa anteojos oscuros, un velo le cubre el cabello, la cámara la acompaña en el pudor. Habla de los días después de descubrir el cuerpo exánime del hijo; el encuentro fortuito con un hombre, las sospechas; el odio como una fuerza imprevista. Su mano imita los gestos del hombre; el plano se cierra: toda ella queda en la oscuridad, salvo la mano que remeda los movimientos ajenos, y se crispa tanto como su voz cuando dice: "Esa era la mano que mató a mi hijo".

Los versos de un poema de la escritora austríaca Ingeborg Bachmann acompañan las últimas escenas del film. La directora remarca: la suya es una búsqueda intimista. Están los grandes relatos -insisten en decir las imágenes de Chaos- y, junto a ellos, la deshilachada trama de las pequeñas vidas. Está el horror que irrumpe, atruena y lo conmociona todo, pero también sus esquirlas: silenciosas, invisibles y persistentes a lo largo de demasiado tiempo.

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