La hija de los revolucionarios

Verónica Chiaravalli
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31 de diciembre de 2018  

"Crecí en un mundo binario. En el que lo gris no cabía y los tibios eran denigrados. Había comprendido que un foso infranqueable separaba los campos: no tratábamos a las personas que leían Le Figaro y veraneaban en Deauville, y si vivían en la Rive Droite eran muy sospechosas. Mi tío paterno formaba parte de esa categoría; así que no nos relacionábamos con él más allá de la comida familiar anual organizada por mis abuelos, una de las pocas tradiciones burguesas a la que mi padre aceptaba someterse, aunque a regañadientes. No es posible escapar totalmente de la familia. La nuestra estaba desgarrada en dos". Quien escribe estas líneas en el apasionante libro Hija de revolucionarios es Laurence Debray, cuyos padres fueron el célebre intelectual francés Régis Debray y la antropóloga venezolana Elizabeth Burgos, ambos cuadros del castrismo en su juventud y luego funcionarios de François Mitterrand.

La imagen de Laurence que acompaña el libro la muestra con la belleza delicada y sensual de los Modigliani que tanto apreciaba su abuelo paterno. Escritora, periodista, interesada por la transición española al punto de publicar un trabajo sobre el rey Juan Carlos, Debray hija quiso, en este caso, poner las cuentas claras con su pasado (que durante años fue para ella un misterio, por su propia voluntad de ignorar y por la reticencia de sus padres a hablar) y conocer, para comprender, quiénes fueron ese hombre y esa mujer brillantes, idealistas, sectarios, arrogantes, partidarios de la violencia, valientes, arbitrarios, dispuestos a cargar con el peso del Tercer Mundo, pero poco sensibles a los afectos cercanos.

No hay resentimiento en las páginas de Laurence. Sí, tierna ironía. También admiración y una asombrosa capacidad para mantener frescas las impresiones de la infancia: "Con mis padres, nada era ligero o alegre. Una noche me atreví a preguntar a mi padre cuál era la diferencia entre la izquierda y la derecha, palabras que se pronunciaban una y otra vez y que para mi comprensión infantil resultaban totalmente enigmáticas. 'Si te cruzas con una niña pobre que no tiene zapatos, ¿qué haces?', me preguntó. '¡Le doy todos mis zapatos y corro a comprarme otros!', contesté con orgullo. Intentó explicarme que la niña de derechas se quedaba con todos sus zapatos, sin preocuparse por la suerte de las niñas menos afortunadas que ella, y que la niña de izquierdas compartía sus zapatos para que ninguna niña necesitada anduviera descalza. A mí me gustaban los zapatos de color fucsia y me entusiasmaba la idea de conseguir unos nuevos y punto. Debía sentirse decepcionado de tener una hija tan materialista. Dejé a mi padre pensativo, intentando probablemente rememorar sus clases sobre lo innato y lo adquirido. Y yo me quedé sin una respuesta clara sobre el tema".

En la tarea de reconstruir el entramado de los orígenes familiares, Venezuela , la tierra de la que su madre huyó queriendo cortar con sus raíces burguesas, fue un punto central. Debray hija amaba ese país y ama la efusiva parentela de primos y tíos venezolanos. Pero el idilio con Venezuela se resquebrajó con la llegada de Chávez al poder, al que Laurence caló pronto como un "populista de elocuencia enardecida" en quien no se podía confiar.

Las diferencias entre Debray hija y sus padres son muchas y a veces abismales, y fueron la causa de que durante mucho tiempo permaneciera tan alejada de ellos como indiferente a su historia. Pero cuando decidió bucear en el pasado lo hizo con una actitud que es una declaración de principios: "Tengo la desventaja de estar convencida de los estragos que provoca el compromiso político en la existencia. De despreciar ese compromiso cuando se convierte en arribista. Y de ser impermeable a la mística de la lucha y de los mañanas gloriosos. Los ideales no me hacen soñar: soy pragmática, realista y me baso en los hechos".

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