La primavera no discrimina

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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18 de septiembre de 2019  

Está a punto de ocurrir. Quizás este año no lo noten, por las mil distracciones que nos embargan a diario. No hay problema. Se repetirá durante varios días, y cualquiera de estas nochecitas, cuando el aire se olvide de ponerse fresco, advertirán esa vibración propia de todo despertar. Habrán de percibir un perfume que el cuerpo parecía haber olvidado, pero que durante meses echamos de menos. Es el perfume de los brotes incontables. Es el perfume de la vida. De la primavera.

La pequeña cabernet sauvignon -que Sebastián Ríos me regaló el año pasado y que prendió con franqueza y celeridad- empezó estos días a desperezarse de nuevo. Era un esqueje tímido, no más que un palito seco. Ahora tiene tres ramas orgullosas cubiertas de yemas. De la noche a la mañana serán hojas.

Me han prometido, dicho sea de paso, una parra de uva chinche, como la que tenía mi abuelo Torres y con la que hacía un vino que solo los más valientes osaban beber. Era su forma de probar a los hombres. Eso, y sus besugos a la cacerola.

Muchos fresnos están repletos de unas protuberancias raras; son ejemplares machos y esas son sus flores. Las hembras, cargadas de las semillas del año pasado, aguardan. Si alguna vez dudan qué árbol poner en el jardín, elijan un fresno. Crece muy rápido; su sombra es la más fresca de todas; su madera no es quebradiza, y en otoño se vuelve puro oro. Al envejecer, el tronco se torna oscuro, casi negro, y el contraste entre su follaje amarillo y la corteza nocturna resulta hipnótico. Viven mucho tiempo (entre 200 y 300 años) y ofrecen pocos contratiempos. Yggdrasil, el inmenso árbol de la vida que para la mitología nórdica existía en el centro del universo, era, claro, un fresno. Solo en Estados Unidos se calcula que hay 8000 millones de fresnos; sin embargo, un escarabajo amenaza ahora ese inventario, valuado en 282.000 millones de dólares.

El loto, en mi rudimentario estanque, ya ha estirado sus primeras hojas flotantes, que surgen como lanzas tiernas del barro primigenio. De ahora en más -me apunta una querida amiga- tendré que ser muy cuidadoso con el nivel del agua, porque los lotos utilizan esas hojas iniciales para saber dónde está la superficie. Cuando el calor apriete, desplegará sus flores espléndidas, que llamarán a una legión de insectos polinizadores; en especial, unas abejitas verde neón que les sientan muy bien. Dios está en los detalles.

Pero hay algo más que me encanta de la primavera. No discrimina. No solo el gran fresno florece. No solo la noble parra se llena de yemas. O despierta el espiritual loto. También lo hacen los yuyitos innominados y las suculentas decorativas.

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Descubrí, por casualidad, que las albahacas se llevan bien con las cúrcumas, cuyos rizomas frescos compré en un supermercado. Nunca tuve la intención de usarlos en la cocina. Por el contrario, los planté. Y germinaron. Con el frío, las hermosas y suaves hojas se secaron. Me olvidé de que en esa maceta estaban las cúrcumas y sembré allí albahacas; fueron las únicas que las afanosas hormigas no atacaron. Dato interesante: la cúrcuma ama el calor, pero odia el sol, y la albahaca debe permanecer a la sombra para no espigar. Una sociedad perfecta.

Hallé una plantita rastrera e insignificante que adorna un rincón con sus flores mínimas de un azul milagroso. Pensé entonces que esa idea, la de que hay seres más importantes que otros, no cabe en el modo de pensar de la naturaleza. El árbol colosal y la bacteria soterrada, la ballena azul y el colibrí en las lavandas, nosotros y los microbios que nos habitan, todo forma parte del mismo telar cósmico en el que se nos ha obsequiado el privilegio de existir. Si de verdad nos creemos en la cúspide de alguna pirámide, nos equivocamos. Cuando huelan el inminente aire primaveral y se les erice la piel de felicidad, tendrán un atisbo breve pero intenso de lo que somos: hijos de la Tierra.

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