Las miradas de Pierre Verger

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22 de febrero de 2020  

Date un gusto, papi", me dice, dulce y sabia, mi hija Lulú. Después de una semana de playa, pileta, abundante contacto con la naturaleza e ingesta de bananas en honor a la coneja Canelita y el Chelo Díaz, el atardecer nos encuentra sentados en el piso de la livraría del aeropuerto de Salvador de Bahía, Luis Eduardo Magalhaes. Ante nuestros ojos se impone Todos iguais, todos diferentes?, uno de los cuatro mil ejemplares de la primera edición del voluminoso catálogo (tapa dura, casi 200 páginas impresas en papel couché fosco 150 g/m2), que compila retratos del fotógrafo y etnólogo autodidacta Pierre Fatumbi Verger. Y así es cómo, en imprudente abrir y cerrar de labios, el presupuesto destinado a las vacaciones experimenta un gasto inesperado, al mismo tiempo que encontramos tema para el manuscrito de hoy.

Pierre Verger nació en París en 1902 y murió en Salvador en 1996, y no exagero si digo que es uno de mis personajes favoritos del siglo XX. Conocí de su existencia a comienzos del nuevo milenio, cuando llegó a mis manos un ejemplar de uno de sus libros clásicos, Orixás (Editorial Corrupio), que apareció en una librería de usados en Palermo y que una chica me regaló, marcando un hito fundacional de mi educación sentimental. En ese libro, Verger -bautizado hacia 1950 con el nombre de Fatumbi, que significa "aquel que nació de nuevo (bajo la gracia de) Ifá"- explora los dioses yorubas, entre África y el "nuevo mundo". Un estudio de religiones comparadas donde documenta prácticas y rituales en fotos de un irresistible carácter artístico.

Con su Rolleiflex (el mismo modelo de cámara que a fines de los 50 inmortalizaron Antonio Carlos Jobim y Newton Mendonça en "Desafinado"), Verger se constituyó a los 30 años como un fotógrafo viajero. En los tres lustros siguientes, se dedicó a viajar produciendo la mayor parte de un archivo, que ronda las 30.000 tomas.

Buena parte de esas fotos fueron tomadas en distintos sitios de Latinoamérica, entre los Andes peruanos y la atmósfera europea de Buenos Aires, hasta que recaló en la Bahía de todos los Santos, y, embelesado por la hospitalidad, la riqueza cultural de la población del nordeste brasileño y el candomblé, decidió instalarse allí. Fascinado por el sincretismo religioso, trazó un puente con África al que prácticamente dedicó el resto de su existencia.

Pero antes (y después) de recorrer nuestro continente, Verger exploró destinos exóticos para los estándares occidentales: de Vietnam a la Polinesia, de China a Mali, de Mauritania a las Filipinas. De todos esos sitios son las fotografías que integran este libro. #Diversidad y #respeto son dos de los hashtags que se podrían aplicar a todos estos retratos maravillosos. Pero lo que es realmente superlativo aquí es la curaduría. Alex Baradel, responsable de la colección fotográfica de la Fundación Pierre Verger (creada en 1988 por el propio fotógrafo con la ayuda de un grupo de amigos), expuso su talento de manera colosal. En esa maraña de miles de fotografías, Baradel realizó un trabajo exquisito. Enfrentados en un juego de espejos, los retratos dialogan a través de distintos criterios. El principal, claro está, es la mirada. La mirada del curador, superlativa, y las miradas que establecen similitudes, complejidades insólitas entre personajes retratados en distintos momentos y territorios. El gesto en los ojos de Ernest Hemingway (La Habana, Cuba, en 1957) es el mismo que esa niña anónima que Verger captó en São Luis, Brasil, en 1948. Esa anciana de piel curtida de Tahití (1933) podría ser la versión avejentada de la joven y rebosante peruana que inmortalizó en algún momento de los años 40. La sonrisa desafiante de un joven vietnamita de pelo largo, con un río de fondo es similar a la que lanza ese adolescente haitiano en Port-au-Prince. A bordo de Tatsu Maru, recorriendo el océano Pacífico, retrató a marineros y pasajeros; entre ellos, una niña de ojos rasgados que explota de risa y un niño, burlón, que saca la lengua. Peinados raros, mascotas exóticas, el gran Dorival Caymmi con su guitarra, Walt Disney comiendo una empanada en Buenos Aires y Diego Rivera con un fondo de cactus en la ciudad de México, mineros, campesinos, fumadores. Un ensayo sobre el género humano construido sobre la base de una preselección que el propio Verger, que no se consideraba a sí mismo un artista, había encaminado en la clasificación de su archivo bajo distintos "conjuntos de trazos característicos de una categoría de persona o de cosas".

"Tal vez sea de esa forma -agrupados- que los retratos de Verger se alejan más del sentido histórico de la palabra retrato", sostiene Baradel. "No son la expresión individual de los trazos de un individuo, sino la expresión colectiva de un conjunto de personas retratadas individualmente, destacando, así, sus similitudes y sus diferencias".

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