Leer con el placer que da el juego

Diana Fernández Irusta
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14 de enero de 2020  

"Llevale este. ¿Lo leíste? La autora es del barrio". Independencia y Boedo, librería El Gato Escaldado; con la encargada llevamos años de charlas por entre los estantes de libros, los saludos breves a la salida de algún que otro comercio, los niños respectivos, que van creciendo. Le digo que ando buscando un libro para una amiga. Y ella me alcanza Vikinga Bonsái como quien, además de recomendar un título, sugiere una contraseña.

Para empezar, porque en esta novela de Ana Ojeda hay una divertida, vital y jugosa apuesta a bucear en los pliegues del lenguaje y abrirse a algo así como otros modos del decir: del lenguaje inclusivo a la velocidad de las redes sociales; de los neologismos a los dichos que la tradición talló a fuego; de los juegos de palabras a la sonoridad -y el sentido- de las voces que, globalización mediante, ya ni cabe llamar extranjeras. Uno se sumerge en la lectura de Vikinga Bonsái con el placer que da el juego, el oxígeno que aporta el ejercicio inteligente del humor.

Pero además están ellas, las heroínas de la historia: la mismísima Vikinga Bonsái Bombay y Dragona Fulgor, Gregoria Portento, Orlanda Furia, Talmente Supernova. Convocadas a una "cena de amigas", ven cómo el azar -entre la tragedia, el humor negro y el disparate- las lleva a vivir una semana de forzosa convivencia. Ellos, Maridito y Amor, serán apenas una serie de emoticones y mensajes de WhatsApp; la centralidad del relato radica en ellas, sus hijos -Pequeña Montaña, Cala, Panda, Momo- y una ciudad que se derrite bajo el sol de enero. Ciudad agobiante, desquiciada, intensa. Vivida, desde ya, desde su lado Sur.

"No hay tiempo físico para todo": el epígrafe anuncia uno de los hilos, no tan secretos, que atraviesan el libro. La existencia de Vikinga Bonsái Bombay transcurre a lomo de la bicicleta que la lleva del hogar, en Boedo, al trabajo, en San Cristóbal, y luego, de regreso, "al chino", las compras, llevar a Pequeña Montaña a algunas de sus actividades, preparar la cena, repasar rápidamente la casa, dormir, y vuelta a empezar. Talmente Supernova y Gregoria Portento marcan tarjeta y resignan creatividad en oficinas mal ventiladas y peor iluminadas; Orlanda Furia paga con traducciones y estrés su estatuto de free lancer. A todas les falta tiempo, en especial a las que son madres. En esa construcción tremendamente contemporánea que es Vikinga Bonsái , lo doméstico insiste en sus múltiples formas. Se preparan comidas, se merodea por el barrio en busca de víveres, se asiste, como se puede, al imparable despliegue de energía infantil; se intenta ordenar, limpiar, prever comida para el freezer, reparar estropicios. Y, por entre los intersticios de tanta cosa, se inventa tiempo para organizar una cena con amigas o, simplemente, poner una pava al fuego e intercambiar impresiones entre mate y mate. O buscar, entre tanto cemento, el recuadro de sol y de verde que ofrece alguna plaza cercana.

"En qué otra ciudad vería cielos anchos plétora de aire cálido, tan denso tan húmedo que casi te lleva en andas, nubes sin patrón (estético), casas bajas mil veces reformadas se disputan el premio a la contaminación visual, pero con gracia, bien": Dragona Fulgor, hastiada de la maquinaria feroz que tiende a devorarle los días, sale a perderse en su bicicleta plegable, en dirección al polideportivo de San Lorenzo de Almagro. "Profusión de mancha variopinta, suciedad mixta. Chicle y jugo, chocolatada y dulce de leche. Restos de otros días, otros ratos": el estado de los guardapolvos de les chiques.

Ojeda ríe a través de su escritura, para ir un poco más allá; no casualmente, una de sus referencias es Cristo se detuvo en Éboli, de Carlo Levi. Porque, ante un tiempo -y una historia- que suele pasar de largo, solo nos queda la minúscula sustancia de lo cotidiano. Y la lengua, con todos sus posibles dialectos y entresijos, para narrarla.

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