Mano blanda

Carlos M. Reymundo Roberts
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18 de marzo de 2019  

La deportación, el viernes, de un peruano que estaba en libertad condicional después de ser condenado a seis años de cárcel seguramente fue aplaudida por los que piden "tolerancia cero" para los extranjeros que delinquen. Con el senador Pichetto como abanderado de la causa, que se ha vuelto a agitar en los últimos meses, muchos sostienen que la única solución en esos casos es la inmediata expulsión del país. Nada de largas causas penales o de que ocupen lugar en las cárceles, reclama un coro integrado por voces de todos los ámbitos, incluidos funcionarios y dirigentes políticos. Las redes gritan cuando el detenido por un delito es extranjero: "¡que lo echen!", "sáquenlo a las patadas", "que vaya a afanar a su país". Lo que no saben los partidarios de la "mano dura" es que están propiciando lo contrario: una mano perniciosamente blanda. La política de deportar ipso facto es una invitación a que lleguen más delincuentes, porque saben que si son detenidos no los espera otro castigo que volver a su país. Con pasaje pago. Un premio, casi.

Es cierto que juzgar y castigar es más engorroso, más lento y más caro. Pero no queda otra. Que ningún bandido crea que se la va a llevar de arriba.

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