Mareos de una noche de verano

Carola Birgin
Carola Birgin LA NACION
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13 de enero de 2020  

Será el calor de estas noches, o las estrellas quizás. Lo que sea, despierta la memoria en el cuerpo y hoy es otra vez aquellas últimas horas del 14 de agosto que no puedo olvidar, cuando fui testigo y me contagié el hechizo.

Desde el cielo, la escena se vería como un engranaje de reloj: varias piezas integradas que giran constantes, cada una sobre su propio eje. Son las duplas de bailarines. Esperan a que den las doce en la pista montada en la Piazza Maggiore de Bologna donde, como cada año, se celebra Ferragosto al ritmo de la filuzzi.

Esta danza típica de la región italiana de Emilia Romagna es un híbrido de vals, mazurca y polka. Las parejas -casi todas de más de 60- avanzan con pasos ligeros, dan vueltas y recorren la superficie dibujando un gran círculo que remarcan una y otra vez. Se detienen apenas, cada tanto, para dar un saltito, golpear talón con tobillo y retomar la marcha circular.

Ferragosto es una tradición que nació en el antiguo Imperio Romano para inaugurar el período de feriae Augusti (descanso de Augusto) y luego se unió con la conmemoración de la Asunción de la Virgen María. Sin embargo, esta festividad -que es vivida con especial exaltación en Italia- no suele ser asociada a ritos paganos ni religiosos, sino que se toma como el punto máximo del verano. Es pura efervescencia.

En esta ciudad, que se jacta de cobijar a la universidad más antigua del mundo occidental. En este barrio, que es uno de los principales cascos medievales que se conservan. En esta plaza, donde un portentoso monumento a Neptuno comparte territorio con la basílica de San Petronio -en cuyo interior oscila el péndulo de Foucault-. En esta noche de verano, cuando el encuentro popular asume las figuras del baile. En este salón a cielo abierto, las parejas conversan con el lenguaje de la filuzzi y cada una pronuncia su propio discurso.

Algunas presumen; ostentan su agilidad, avanzan con gracia, y con la soberbia de sentirse insuperables juntos.

Están los que practican una coreografía monótona y perfectamente conocida. Descansan en la comodidad sin imprevistos del movimiento ensayado durante décadas, siempre igual.

Ellas se ven preciosas cuando, impudorosas, dejan que sus vestidos levanten vuelo; el viento las refresca y despeina sus blancas melenas. Ellos las secundan con el pecho inflado y el mentón en alto.

Se nota que aquellos del fondo están demasiado pendientes de la experiencia de los bailarines vecinos. Puede que sientan envidia -o solo pena- por lo que no tienen.

Esa mujer está a punto de caer, pero no lo hará. Su atlético partenaire se entusiasma al girar. Cobra velocidad y excede los límites. Ella se deja. Entregada a su brazo en la cintura, confía.

Otras parejas no coordinan. Tropiezan, pierden el ritmo, se tensionan, no fluyen. Aunque, sin rendirse, reintentan con la necedad de quienes creen que sincronizarán, al fin y al cabo, alguna noche.

Una señora cierra los ojos y parece sentirse sobre el escenario de un gran teatro repleto de público, o en alguna película de su infancia. Sea cual fuere el lugar donde esté, eleva su danza a un acto glorioso, mientras su compañero baila aquí y ahora, anclado en la más llana realidad.

Ya casi es medianoche y el mecanismo funciona a la perfección; fabrica un tiempo con dimensión propia hasta que la música bolognesa deje de sonar. Luego se aplaudirá por Ferragosto, habrá un estallido generalizado de algarabía y continuará la animación con otros ritmos más modernos. Las parejas filuzzianas volverán a sus casas. Sedientas quizás. Un poco cansadas tal vez. Satisfechas, seguramente. Entonces, a cada quien le tocará encontrar sus estrategias íntimas para expandir el efecto y que el delicioso mareo de la noche perdure. Para siempre. Hasta el próximo festejo. Un rato más, aunque sea. Y que, finalmente -con suerte-, se convierta en un recuerdo inolvidable.

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