Miradas en la frontera

Diana Fernández Irusta
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12 de marzo de 2019  

La mirada inversa. Qué regocijo cuando la descubrimos en obras más o menos lejanas; qué inquietud cuando toca de cerca.

Recuerdo el placer de leer novelas como Mañana tendré 20 años, del franco-congoleño Alain Mabanckou. Nacido en Point-Noire, República del Congo, instalado por un tiempo en Francia y hoy residente en Estados Unidos, en esa novela cuenta la experiencia de un niño congoleño que mira con ojos nuevos todo lo que lo rodea. Y con ojos africanos lo que, a través de la radio, la escuela y una larga historia de herencias coloniales, le llega de Europa.

África, a la que siempre contemplamos a través de prismas occidentales, en esta novela habla en primera persona. Con ternura y humor, pero en primera persona. No solo eso; en el libro de Mabanckou nosotros, los de este lado de la frontera, somos el otro. Occidente, tan habituado a ser quien pone -desde la soberbia o la compasión, desde el dominio o la mala conciencia- el rótulo de "diferente" es, en este libro, quien lo porta.

Mirada inversa. No está mal, de vez en cuando, animarse a ver qué devuelve.

Algo de eso me acaba de ocurrir, sin necesidad de ir a la lejana África ni de leer autores marcados por viajes o exilios. Me pasó aquí nomás, a un clic del sitio CINE.AR, con una película filmada en territorio local. Pero concebida del otro lado de la frontera.

La película se llama Atenas y la filmó César González, director de 30 años que nació en la villa Carlos Gardel, estuvo cinco años en prisión, estudió en la cárcel y luego fuera de ella, escribió poesía, trabajó de productor musical, y tiene en su haber unos cuantos cortos y largometrajes.

Su personaje central es una chica de nombre Perséfone, y no hay tragedia griega salvo en aquella antiquísima idea: nada se puede hacer contra un destino marcado, aunque la única opción genuinamente humana sea, así y todo, hacer. Perséfone tiene 20 años, acaba de salir de la cárcel. No tiene familia. No tiene -literalmente- un peso. Allí está, con las puertas de la prisión que se cierran tras ella y la ciudad-jungla que se extiende al frente. Como puede, llega a la villa 21, donde hay gente amiga y desde donde intentará armarse algo parecido a un camino.

González filma la villa y a su gente desde adentro. Al ver Atenas, uno cae en la cuenta de cuántas películas sobre la villa vio, siempre filmadas -aunque las cámaras se hubieran internado en el laberinto de callecitas intrincadas- desde afuera. La frontera está, y cómo. En este caso, es de clase. González filma con una cámara ligera, pura cercanía con lo filmado. Sus personajes están interpretados por actores no profesionales, casi una sola piel con aquello que interpretan. Perséfone, su gestualidad, sus palabras, su modo de deambular, de apenas sonreír, de aceptar ayuda, de convivir con la nada de recursos que le tocó en suerte, de ir hacia la catástrofe sin saberlo: lo que se cuenta es ficción, pero tiene la materialidad del documento.

La terrible sentencia de la mirada inversa. Aquí el otro es la clase media. Nosotros, habitantes de algo que es mucho más que portar determinado color de piel. Por caso, las dos mujeres que contratan por un día a Perséfone: cálidas, amables, signadas por su propia tragedia (ambas son minusválidas). Cuando finaliza el trabajo, elogian a la chica que les limpió la casa y se lamentan: que la pensión por discapacidad tan baja, que tan difícil todo. Perséfone recibe un pago que apenas se diferencia de una limosna; las empleadoras, amables, quizás con algo de culpa, le dicen: "Nos caíste muy bien", como quien otorga un premio. Ese será el menos duro de los encuentros entre Perséfone y el otro lado.

La película es dura, letal en su simplicidad. Enhebra situaciones y personajes sin conceder el respiro de una salida. El trabajo de imaginarla les queda a los espectadores.

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