Mucho más que un parte de guerra

Diana Fernández Irusta
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5 de noviembre de 2019  

El dolor, a veces, es demasiado; se hunde en la carne, se hace guadaña, horada y se transforma en rabia, en la furia más inagotable y arrasadora y sin nombre que uno pueda imaginar. Marcelo sabía de ese dolor, y del enojo que resulta ser su contracara. Un grito incontrolable, de esos que no tienen fin, porque nunca hay oídos para escucharlos. Y un día, a ese aullido en acto que era la vida de Marcelo no le importaron ni la euforia falsa, ni los antidepresivos, ni el alcohol con que los había entreverado. Estaba de fiesta, se suponía; estaba con amigos, un día seguramente de sol, a una altura considerable, desde donde se veían las aguas presumiblemente mansas de un dique. Y se tiró de cabeza, desde la altura al agua, él, que no sabía nadar.

Marcelo Vallejo cuenta retazos de su historia ante el público que colma la sala Martín Coronado del Teatro San Martín. Tiene el cuerpo fibroso y resistente de un maratonista. Porque, cuando sobrevivió a la inmersión que pudo haber sido la última, aprendió a nadar, entrenó, sumó la rutina del triatlón a las muchas cosas que hace en su vida. Y ese fue un modo de seguir sobreviviendo.

Hubo otra sobrevida mucho antes, hace 37 años. Marcelo fue uno de los tantos soldados, chicos apenas salidos de la adolescencia en aquel momento, que combatieron en las Malvinas. Y esa huella, el dolor y la rabia que moldearían su vida, es lo que está ahí, en el escenario.

Desde su estreno, en 2016, la obra Campo minado, de Lola Arias, se me escapaba. Nunca llegaba a la función, o las entradas ya se habían agotado, o justo esos días, los de su presentación, eran días en que resultaba imposible dejar de lado el trabajo. Pero todo llega, y aquí estoy, en el Teatro San Martín, asistiendo a algo que más que obra de teatro es experiencia, proyecto, un particular ensayo sobre la memoria y ese animal bifronte, el ser humano, albergue de tanta lacerante contradicción.

Junto a Marcelo Vallejo están Gabriel Sagastume, Rubén Otero, Lou Armour, David Jackson y Sukrim Rai. Tres veteranos que pelearon en el bando argentino, tres que lo hicieron en el inglés. Seis hombres que no están necesariamente de acuerdo en todo, pero que cargan, cada uno de ellos, con la llaga intransferible de haber sido parte de una guerra. Hay cosas que se viven, pero no se dicen. Nadie puede decir, realmente, lo que ocurre cuando se le ve el rostro a la muerte, cuando se odia no se sabe por qué, cuando la sangre de un amigo despedazado se impregna en la manta que te cubre cada noche; cuando el enemigo, ese que yace moribundo y hace medio segundo era la absoluta ajenidad, te dirige la palabra en tu idioma, y entonces deja de ser otro, y el orden que sostenía batallas, tiros de gracia e insultos se resquebraja.

Cuando se es tercera generación de una familia atravesada por la guerra, es imposible no sentir que el dolor de un veterano tiene algo de propio. Ellos cuentan cómo, en las charlas escolares que suelen dar, siempre hay algún niño que lanza la pregunta: "Entonces, vos ¿mataste?". Y uno sabe que esa es la pregunta que alguna vez se hubiera hecho en casa. Ellos circundan un trauma al que nunca le ponen rótulo, y está claro que, aunque no todas las guerras son iguales, sí lo es cierta dimensión de lo impensable que desatan. Esa certeza incómoda: aun con su carga de desatino, la guerra es tan intrínsecamente humana como la palabra.

Hay palabras, claro, en la obra de Lola Arias. Palabras en castellano, en inglés, y unos intertítulos que median en la módica Babel del escenario. Hay música, también. Rock. Porque lo generacional, porque no podía ser de otra manera, y porque la rabia se lleva demasiado bien con el latido furioso de la batería. El detalle: la obra cierra con las palabras, sin traducción, de Sukrim Rai, nepalés, gurka, la alteridad más rotunda en una obra donde encuentro no es sinónimo de simpleza.

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