Murió con una sonrisa

Jaime Bayly
Jaime Bayly PARA LA NACION
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26 de abril de 2020  • 02:48

Cuando Barclays era un niño, y vivía en una mansión de jardines infinitos en las afueras de la ciudad, su mejor amigo no era ciertamente su padre, a quien veía con pavor, y de quien se escondía con sigilo para evitar que le diera una paliza más, sino un hombre humilde, de escasos recursos, que trabajaba como jardinero en aquella casona.

Se llamaba Mario. Era de corta estatura, complexión esmirriada, bigotes de mariachi y ánimo risueño. Parecía vietnamita, filipino, malayo. Era clandestinamente alcohólico y, por eso, cuando los señores habían salido, abría el bar de don James y bebía licores finos de las botellas, procurando que las dosis fuesen mesuradas para que el patrón no notase aquellas rapiñas etílicas. Siempre tenía ganas de echarse un trago más entre el pecho y la espalda. También era un seductor incorregible de las empleadas que trabajaban en la casa de los Barclays. El alcohol lo entonaba, atizaba su galantería y entonces Mario las hacía reír, piropeándolas, pellizcándolas, diciéndoles picardías. Aunque estaba casado y decía amar a su esposa, era un picaflor que merodeaba, incansable y juguetón, a todas las mujeres, incluyendo a aquellas ya mayores, que se ruborizaban con los avances de Mario de la Cruz, jardinero, borrachín, mujeriego y mejor amigo del niño Jimmy Barclays, hijo de los patrones.

Tan pronto como Jimmy regresaba del colegio, se despojaba del odioso uniforme con corbata de la escuela británica, vestía ropa deportiva y buscaba al jardinero Mario hasta encontrarlo. Enseguida le pedía jugar al fútbol. No tenía que afanarse para convencerlo. Mario siempre estaba dispuesto a jugar al fútbol con el niño Jimmy. El juego parecía injusto o desigual, porque Jimmy pateaba los penales y los tiros libres y Mario se resignaba a atajar aquellos disparos como portero sin guantes. Peor aún para Mario, a menudo tenía que ir a buscar la pelota entre la maleza, los arbustos, la exuberante vegetación detrás del arco. Además, el niño Jimmy insistía en narrar a los gritos, como locutor deportivo, cada disparo, cada intento por convertir un gol, que él llamaba latigazos, zapatazos, misiles, morteros, bazucas, bombazos, cucharitas, chanfles y un largo etcétera de palabras hiperbólicas que oía en las transmisiones de la radio.

También jugaban frontón, un juego parecido al squash, pero sin paredes laterales, con una sola pared frontal donde rebotaba la pelota. De nuevo, el jardinero Mario se encontraba en inferioridad de condiciones, porque jugaba con zapatos, no con zapatillas, y porque, siendo alcohólico y fumador de cigarrillos, perdía rápidamente el fuelle y se agotaba bien pronto, no llegando a las pelotas que Jimmy colocaba venenosamente. Peor aún para Mario, cuando él y Jimmy tiraban la pelota detrás de la pared, tenía que correr a buscarla en medio de la maleza. Mario, sin embargo, nunca se quejaba. Siempre estaba contento, risueño, pícaro, juguetón. Siempre deseaba jugar con Jimmy. Era feliz perdiendo con él. Jimmy había nacido para ganar, para ganarle. Mario no aspiraba a ganarle en fútbol ni en frontón ni en nada: solo aspiraba a su cariño y lealtad, a que no lo delatase con los patrones porque tomaba tragos a hurtadillas y a veces se robaba alguna cucharita o tacita de plata de la colección de la señora Barclays. Ella, la señora Dorita Barclays, era muy estricta con Mario y lo acusaba de ser un ladrón. A veces le inspeccionaba las bolsas, cuando se retiraba de su casa, cumplida la jornada de trabajo, ya de noche, y hasta le olisqueaba el aliento para confirmar que había estado bebiendo. Por supuesto, Mario siempre olía a alcohol y en ocasiones tenía que llevarse algún recuerdo de la casa de sus patrones, pero no porque fuese una mala persona o un ladrón, sino porque era pobre, muy pobre, desesperadamente pobre.

La amistad entre el jardinero Mario y el niño Jimmy se afianzó cuando este se enamoró de una niña y aquel le dio consejos paternales sobre cómo seducirla apropiadamente. La niña se llamaba Tati Valle-Riestra. Era rubia, pecosa, gimnasta, muy ágil y flexible, y su insolente belleza despedía una luminosidad tan poderosa que Jimmy tenía que cubrirse un ojo para verla, sin enceguecer de amor. Era hija de unos amigos de los Barclays, que llegaban de visita los fines de semana. Venciendo su timidez, el niño Jimmy jugaba con Tati en los columpios, el subibaja y la casita del árbol. A veces se metían en la piscina y Jimmy solo se atrevía a mirarla por debajo del agua. Sin saber cómo declararle su amor, Jimmy consultó con su amigo Mario. Escribieron juntos un poema. Escribieron juntos una canción. Ensayaron lo que Jimmy debía decirle a Tati. Pero, llegada la hora crucial, Jimmy se achantaba, no se atrevía. Por eso Mario decidió que Jimmy tomase un buen trago de ginebra con coca-cola antes de decirle a Tati cuánto la amaba. Entonado, achispado, Jimmy le confesó a Tati:

-Me muero por ti. ¿Quieres estar conmigo?

Tati se ruborizó, condescendió a estar con Jimmy, pero no quiso besarlo en los labios, solo en la mejilla. Entonces Jimmy recitó de memoria el poema que había escrito para ella. Acto seguido, ella lo besó en los labios. Poco después, Jimmy se sintió mareado, indispuesto, y corrió al baño a vomitar el trago áspero que había bebido, inaugurándose como un hombrecito. Nunca más pudo beber ginebra.

Como Jimmy sabía que Mario tenía seis hijos con dos mujeres, una su esposa oficial, otra su amante oficiosa, a menudo robaba de la billetera de su padre y la cartera de su madre para deslizar un dinerillo bienhechor en los bolsillos de su amigo. Alguna vez se atrevió a robar un reloj de su padre y una joya de su madre, pero Mario desaprobó aquella temeridad y no quiso llevarse el botín, temeroso de que lo pillaran y despidieran. La señora Barclays no lo quería. Con frecuencia decía:

-Mario es un ladrón. Todos los cholos son ladrones. Y Mario tiene de ladrón lo que tiene de cholo.

El señor don James era severo con su jardinero. No le tenía compasión. Le exigía los trabajos más arduos y humillantes: cazar ratas, recoger los excrementos de los perros, lavar los autos, lustrar su vasta colección de zapatos, subir a las copas de los árboles a hurtar huevos de aguiluchos. Desde luego, a veces Mario se caía de un árbol y quedaba lesionado, o sufría cortes, heridas, laceraciones, y a nadie le importaba demasiado su salud ni sus atenciones médicas. Harto de ver cómo sus padres abusaban del buen Mario, el niño Jimmy le decía que cuando él fuese grande iba a ser muy rico y le iba a regalar mucho dinero. Conmovido, Mario le decía:

-Tú eres un piquito de oro. Nadie habla tan bonito como tú. Si te lo propones, puedes llegar a ser presidente.

A Jimmy la idea de ser político y presidente, hablantín inspirado, no le disgustaba para nada.

Unos años después, cuando Jimmy ya era famoso porque salía en televisión hablando de política, los señores Barclays despidieron a Mario. Habían salido a cenar, tuvieron un percance, regresaron antes de tiempo y encontraron a Mario follando con una de las empleadas, en la despensa de la cocina. Mario alegó que estaban enamorados, que eran novios a escondidas. La empleada, sollozando, no lo desmintió. La señora Barclays le recordó a Mario que estaba casado y lo riñó en nombre de la moral. El señor don James, que copulaba con su secretaria en el baño de su oficina en el banco, despidió al jardinero sin miramientos, como si hubiese cometido algo horrendo, nefando, imperdonable.

En aquel momento, Jimmy Barclays tenía ya veintitantos años, ganaba un buen sueldo en la televisión, se había hecho famoso y se permitía la extravagancia de vivir en un hotel. Abatido, Mario fue a visitarlo al hotel. Jimmy le regaló todo el dinero que pudo. Le prometió que le conseguiría un trabajo. Hizo varias llamadas. Convenció a su tío Bobby, empresario acaudalado, dueño de una casa muy grande, para que contratase a Mario como jardinero. Bobby fue generoso y no vaciló en abrir las puertas de su casa a Mario, pagándole mejor que los Barclays. Además, Bobby poseía, en los sótanos de su casona, una colección de piezas de oro, de modo que Mario, acostumbrado a llevarse recuerdos o souvenirs, podía haber llegado al paraíso. Pero nunca se atrevió, o no pudo, robar las piezas de arte de Bobby. Solo entraba al bar y bebía licores finos, principalmente coñac. Como Bobby era homosexual y no lo ocultaba, era Mario el encargado de pagar en efectivo a los amantes ocasionales del patrón. Mario, que algo sabía de lujuria incontinente, pagaba sin chistar y se ahorraba juicios de índole moral contra su jefe, al que tenía tanto respeto como miedo.

Ocurrió entonces lo que, por lo visto, era inevitable: Mario enfermó del hígado, le dio cirrosis. Tuvo que dejar de trabajar. Fue hospitalizado. Jimmy fue a visitarlo, pagó sus cuentas médicas, le prometió que lo mejor estaba por venir. Pero era una mentira piadosa: a Mario le quedaba poca vida y su mirada impregnada de miedo ponía en evidencia que él sabía que moriría pronto, sin remedio.

Cuando salió del hospital, Jimmy lo esperaba en un auto de lujo que acababa de comprar. Le pidió a su amigo Mario que manejase. Deslumbrado, Mario condujo. A sugerencia de Jimmy, se dirigieron al hotel donde él vivía. Allí cenaron y, contrariando las órdenes de los médicos, se emborracharon con pisco sour. Luego Jimmy llamó por teléfono a dos amigas argentinas, extraordinariamente guapas, que ejercían la prostitución de lujo, solo con clientes muy refinados, y las contrató esa misma noche, una para Mario, la otra para él. A Mario le brillaron los ojos de júbilo cuando vio a las argentinas y eligió a la que más le gustaba. Jimmy los dejó en una suite y fue con su amiga a la otra suite, donde él dormía cuando pasaba por esa ciudad. Fue una noche feliz, desmesuradamente feliz. Terminaron los cuatro bebiendo champagne, en la suite presidencial de Jimmy. En un momento inolvidable para él, Jimmy les declamó a las chicas el poema que años atrás había escrito con Mario para seducir a la elusiva Tati Valle-Riestra.

Meses después, ya postrado en su cama, sin poder levantarse ni caminar, Mario le pidió a Jimmy un último deseo:

-Quiero que me compres un televisor bien grande para ver tu programa todas las noches.

Jimmy le llevó una pantalla gigante y, mientras los operarios la instalaban en el dormitorio de su amigo enfermo, vio cómo Mario lo miraba con orgullo, con un afecto antiguo, inquebrantable, el de la amistad más noble y desinteresada.

Esa noche, al comenzar su programa, Jimmy Barclays dijo:

-Quiero dedicar el programa de hoy al mejor amigo que he tenido en mi vida, a Mario, Mario de la Cruz, mi hermano del alma, mi compañero de aventuras, el padre que hubiera querido tener.

Mario de la Cruz murió esa madrugada, horas después de ver el programa. Sus hijos le dijeron a Jimmy Barclays que Mario no dejó de sonreír, orgulloso de ser quien era, desde que vio en televisión lo que Jimmy dijo de él, hasta que expiró.

-Murió con una sonrisa -le dijeron.

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