Pegarle a un hijo es signo de impotencia

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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9 de noviembre de 2011  • 10:55

Entender que pegar a los chicos es el mejor camino para educarlos es un error. Es también indicador de pobreza de criterios y de imaginación en lo que a didáctica respecta.

Es obvio que el libro que hoy está en la mira mediática es un producto puntual, propio de una cultura muy específica. La misma abunda en algunas zonas de los Estados Unidos y responde a un complejo entrecruzamiento de cuestiones religiosas, históricas y culturales que hacen que, en un país considerado de avanzada en tantas cosas, convivan subculturas que, en el deseo de salvaguardar genuinamente valores tradicionales, se radicalizan y se salen de cauce, como es lo que ocurre con el libro que hoy nos ocupa.

Es verdad que la dilución de la figura paterna es un problema tan grave como lo fue antaño el autoritarismo. El autoritarismo sigue existiendo, pero hoy está más en manos de los hijos que de los padres, al menos en nuestro país.

Entender que pegar a los chicos es el mejor camino para educarlos es un error. Es también indicador de pobreza de criterios y de imaginación en lo que a didáctica respecta
Es importante que los padres logren respeto de parte de sus hijos. Para ello, deben respetarse a sí mismos y evitar sentir que son culpables de haber traído a sus hijos a este mundo cruel (¿cuándo el mundo no fue cruel?) o sentir que sus hijos son de cristal y cualquier cosa dañará su psiquismo.

Nos atrevemos a decir que es bueno que los padres sean poderosos. Pueden amar a sus hijos, pueden ofrecerles alimento físico y anímico, pueden educarlos, pueden "marcarles la cancha", pueden vivir una vida y, desde allí, traer el pan de cada día...

Al ver a sus padres como poderosos, los hijos respetarán, porque respetan el poder, no el no poder. Demasiados padres se "enganchan" más con su impotencia que con su potencia, y eso es perturbador en todo sentido, en particular, para sus hijos.

Claro, acá viene entonces el eterno temor al autoritarismo. Es que la palabra poder es vista como sinónimo de autoritario, cuando poder es, simplemente, tener capacidad de hacer lo que se hace. Los padres son vistos como hábiles para la vida por parte de esos hijos que van construyendo, desde chiquitos, la noción de que sin esos padres, poco podrían hacer....y tienen razón.

Es importante que los padres logren respeto de parte de sus hijos. Para ello, deben respetarse a sí mismos
En un país que dice que "tener de hijo" es sinónimo de vencer, humillar o aplastar, al punto que se dice eso del equipo deportivo contrario reiteradamente vencido por el propio, no es raro que se piense que el poder de los padres es vejatorio, cuando, de hecho, no lo es, porque es un poder amoroso que habilita a los hijos a crecer.

En ese contexto, pegarle a los chicos es lisa y llanamente un signo de impotencia, no de potencia . El miedo como único elemento disciplinario es dañino y es signo de un problema que hará eclosión una vez que el miedo se vaya, y aparezca el resentimiento en vez de la gratitud.

Firmeza, énfasis, enojo....todo vale cuando es signo de fuerza y no de debilidad. Los chicos notan la diferencia entre un grito impotente y otro que da cuenta del límite rotundo.

En nuestro país existe la violencia familiar y eso es un grave problema. Lo que sí no existe es un aval escrito para esa violencia, como sí ocurre con el libro que explícitamente indica cómo y cuándo castigar físicamente a los chicos, señalando caprichosamente a la Biblia como elemento educativo literal.

No hablamos de edulcoramiento o de un "explicacionismo" insufrible cuando negamos la eficacia del golpe como herramienta a la hora de educar. No es la tibieza insulsa la contracara de la violencia. Todos aquellos que hayan sido padres de verdad, y no meros "tribuneros" de la paternidad ajena, saben que el día a día con los hijos es transpirado, desprolijo y....amoroso. Los chicos están hechos a prueba de yerros paternos, pero no pueden contra el desamor o la violencia instituida.

Por eso, pensar una educación con padres que pueden marcar la cancha, sin creer que todo es ternura en esta vida ya que el amor también tiene su cara áspera, es algo que sirve, y mucho, para ofrecer tranquilidad y acompañamiento conceptual y anímico a millones de padres que a veces se sienten jaqueados y culposos.

Pero eso ni remotamente significa apostar a la violencia instituida como elemento de coerción, porque lo que educa es el amor, no el espanto. Y en ese sentido podemos decir que el golpe metódico y guiado por teóricos de la violencia familiar es, justamente, un espanto que hay que evitar a toda costa.

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