¿Qué hubieras sentido si el comercial lo filmaban los kelpers?

Julián Gallo
Julián Gallo PARA LA NACION
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5 de mayo de 2012  • 01:33

A veces para evaluar un mensaje basta con invertirlo. El comercial de Presidencia de la Nación estrenado esta semana, grabado de manera clandestina en las Islas Malvinas, que produjo un "profundo arrepentimiento" público de la propia agencia que lo realizó, merece ser visto desde ese punto de vista para ser comprendido. La película tuvo una amplia repercusión en la audiencia argentina, al parecer la mayor parte del público lo valoró en forma positiva, incluso emocionada. Eso es lo que dicen algunos resultados de investigaciones preliminares que se dieron a conocer por diferentes medios, y también, los eufóricos comentarios (algunos de ellos triunfalistas) que pueden leerse en Youtube, Facebook, Twitter y diarios online.

Ahora, ¿qué pensarían (y sentirían) muchos argentinos que aprueban ese spot si el gobierno de las Islas Malvinas hubiera sido el autor de un aviso así? Les propongo mirar el mismo comercial "hackeado" como si lo hubieran hecho ellos:

Es impertinente, es revulsivo, es ofensivo. Imagínenlo de verdad. Imaginen un comercial de televisión mostrando a un atleta olímpico británico corriendo por las islas donde murieron tantos argentinos, besar la arena de la playa que para él son las Falkland y para los argentinos son las Malvinas, y leer: "Para competir en suelo inglés, entrenamos en suelo inglés". ¿Qué sentirían si el comercial cerrara como un tributo a los muertos de la guerra (a sus muertos, no a los nuestros)? Y, al final, lo más importante, ¿qué sentirían si vieran el escudo del Falkland Islands Government firmando todo eso?

En esta versión hackeada del comercial de Presidencia de la Nación el imaginario atleta inglés (que es Fernando Zylberberg) lleva el nombre de John Ward. Así llamó Jorge Luis Borges en su famoso poema publicado en el suplemento Cultura y Nación de Clarín el 26 de agosto de 1982 a un incierto inglés que podría haber sido amigo de Juan López, otro incierto argentino. Ambos fueron arrastrados por la insensatez que auspiciaba las guerras y terminaron siendo uno el verdugo del otro. Borges dijo que eso "pasó en un tiempo que no podemos entender". Mezclar a los muertos, con la guerra, la Patria y el deporte, pertenece a ese tiempo.

Juan López y John Ward

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

Jorge Luis Borges

26 de agosto de 1982

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