¿Qué va a pasar con el amor?

Dolores Caviglia
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10 de mayo de 2020  

Qué cosa esto de la videollamada. Sé que el objetivo es ver al otro para sentirse menos lejos en estos días en que no estamos cerca, pero cuando hago una la mayor parte del tiempo me miro a mí. Qué vanidad. El otro día me pasó. Estaba hablando con dos amigas y no podía sacar la vista de mi boca, a punto de explotar en un herpes. Verde y húmedo. Hasta que de pronto alguna de ellas, las dos abogadas, una con el pelo tan lacio y la otra con unos rulos que se parecen a sus pecas, dijo algo en lo que aún no había pensado. ¿Qué va a pasar con el amor?

Yo no soy la misma con todas mis amigas. Con algunas soy más chistosa, con otras más combativa, con otras soy la que concilia y con ellas casi siempre soy reflexiva. Solemos hablar de cosas incluso en las que no creo. Las vidas pasadas, la energía de la galaxia. Me gusta que así sea. Me incomoda. Por eso no me sorprendió cuando saqué la vista del labio.

Mis amigas, solteras, se preguntaban cómo va a ser esto del coqueteo ahora, y al decir ahora no digo ahora, sino que digo después de la cuarentena (como si el ahora no existiera, ¿existe?) en más. Las tres pensábamos en cómo será ir a un bar, a un boliche, a un restaurante... En si el mozo usará barbijo, en si volveremos a llenar las salas de los cines para ver los estrenos, en si habrá cines, en cómo usar a partir de ahora Tinder o Happn o todas. ¿Cuándo se dará de nuevo un primer beso? ¿Las citas tendrán lugar todas en el Rosedal de Palermo, al aire libre? ¿Esa no era una salida de aniversario? ¿Se puede besar con la boca tapada?

Una de las dos, la de pelo largo, la de cuello largo, la de espalda fina, la que siempre tiene las uñas lindas, contó que estuvo hablando con un chico por medio de una de estas aplicaciones para conocer gente y que le había contado que estaba pensando en violar el aislamiento para verse con unos compañeros y que entonces ella pensó qué boludo y perdió el interés. Pero si le hubiera gustado y seguía hablando, chateando, y esto, el brote, pasaba y se veían cara a cara. ¿Cómo iba a ser? ¿Hay que decir si estuvimos contagiados, si no, si conocemos a alguien que sí? ¿Hay que pedir permiso?

Me puse a pensar en los hábitos que cambió y que va a cambiar la pandemia, pero también en aquello que modificamos y luego nos impusimos sin ningún tipo de virus. Hace tiempo ya. Cada vez necesitamos más cosas para definirnos. Para estar. Para ser. Para existir. Hay tantos ítems por chequear. Hoy quien sale apenas de la norma tan sonsa que no sé quién escribió es sospechoso. Peligroso. Mentiroso. Si no tiene Facebook, algo esconde. Si no tiene Instagram, algo esconde. Si no tiene celular con internet, algo esconde. Si tiene pocos amigos, es raro. Si tiene muchas amigas, es superficial. Si todavía vive con sus padres, con algún padre, es inmaduro. Si no estudió, es tonta o vaga. Si estudió en una universidad privada, compró el título. Si tiene auto desde los 17, es malcriada. Si tiene 40 y sigue soltero, por algo será. ¿Y si se contagió? ¿Qué es? ¿Emitirán documentos que digan "libre de Covid-19"? La próxima vez que quiera subirme a un avión, ¿me pedirán pasaporte, tarjeta de embarque y certificado de coronavirus?

Los primeros datos son los que vinieron desde China. El Partido Comunista puso en cuarentena estricta a la ciudad de Wuhan, donde dicen que se originó el caos, y la desconectó del país y dictó varias medidas más para evitar contagios. Sin la cantidad de tránsito habitual, sin esos trenes, esas charlas, esas fábricas, sin personas, en setenta días la contaminación del aire bajó. De acuerdo con estudios de la NASA y la Agencia Espacial Europea, las emisiones de dióxido de nitrógeno, la nube tóxica, se redujeron por la ausencia de vehículos, plantas de energía e instalaciones industriales. Y después le tocó al mundo: canales de agua clara en Venecia, ciervos en paz en la ciudad de Nara, Japón, pavos en la bahía de San Francisco y jabalíes en Barcelona. Todos juntos, todos libres.

Yo también aproveché los días de encierro en casa para limpiarme. De químicos y de reglas. Desde hace un mes no me pinto las uñas ni me pongo cremas ni uso corpiño. Tengo guardada la caja de tintura castaña para taparme esas pocas canas que se me acumulan en el flequillo. Todas juntas, todas rígidas, todas tan brillosas. Si me sale un grano en la cara, allí lo dejo. No me seco el pelo, no me pongo perfume, no visto jeans, no uso zapatos. Apenas me peino. Sí pienso. Mucho. Como si bastase. ¿Es esta una oportunidad para cambiar las reglas?

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