Retrato de mi familia política

Carola Birgin
Carola Birgin LA NACION
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23 de diciembre de 2018  

La camada de mi suegro, Antonio, fue de nueve hermanos, nietos de italianos inmigrantes que se asentaron en el barrio porteño de Mataderos. Fueron comerciantes carniceros, expertos en achuras. Hoy solo quedan algunos de ellos; pero con sus hijos, nietos y primos, son muchísimos, y juntos parecen invencibles. Se reúnen para los bautismos, las comuniones, los velorios, los casamientos, los cumpleaños importantes y, especialmente, cada Navidad .

Cuando conversan, gritan. Cuando comen, devoran suculentos platos caseros. Cuando ríen, se atragantan en carcajadas y se palmean los brazos unos a otros. Cuando brindan, se despiden por las dudas, se abrazan fortísimo y lloran un poco. Cuentan chistes, discuten de política y de cuanta polémica esté a la orden del día. Cuando comentan fútbol sube la temperatura. "¡Vamos el torito todavía!". Hablan mucho de comida: las señoras intercambian recetas y los varones recitan el menú, con precios incluidos, del último restaurante al que fueron. Entre las anécdotas de los últimos días, siempre alguien estuvo a punto de ganar la quiniela, el prode o la lotería -que la mayoría juega "religiosamente"- y explica con presunción de rigor científico por qué no sucedió el milagro esta vuelta.

Repasan mil veces los mismos hitos: las vacaciones de un mes entero en Mar del Plata -donde ocupaban varias carpas, con las lonas levantadas en las divisiones para conectarlas entre sí-, los asados en la casa de la calle Andalgalá -que tenía una parrilla de proporciones desmesuradas-, los insoportables shows de las nenas que cantaban las de los Pimpinela para las sobremesas. Relatan otra vez, sin ningún dolor ni bronca, el tiempo que el padre de los nueve estuvo preso: fue en 1953, castigado por "agio y especulación" porque se negó a colgar el retrato de Perón en el puesto del mercado -"más por tano cabeza dura que otra cosa", dicen-. Se jactan de las épocas de abundancia y despilfarro, como también se acuerdan de cuando cenaban café con leche porque no había más que eso para alimentarse. O de la toldería en la que se convirtió el patio de una tía cuando una familia entera tuvo que ir a dormir ahí; había fracasado un negocio en el interior del país y, después de empeñar todo para ir a la aventura conquistadora, volvieron sin nada de nada. Todos recuerdan la cantidad de veces que se prestaron dinero y olvidan juntos las deudas que "todavía" no fueron condonadas.

Ellos son incondicionales. Los unos para los otros. Lo primero es la familia. Jamás se critican y siempre se refieren a su clan con orgullo, desde un sentimiento casi patriótico. En las Fiestas, se planta bandera.

Cada Nochebuena a las doce llega Papá Noel, justo cuando los chicos están tan distraídos que lo ven pasar de lejos. Alguna tía enseña a curar el mal de ojo -"Hay que aprenderlo en Navidad a medianoche, si no, no funciona", advierte- y viene el show de petardos, que es un escándalo de explosiones y alaridos: los de los niños excitados y, más fuertes aún, los de los aterrorizados.

Hace unos años, un primo armó un video para proyectar durante la cena. Compiló fragmentos de Los Campanelli, la serie de televisión que en los años 70 retrató con humor las vicisitudes de una numerosa "parentela" de ascendencia italiana. Hubo que explicarles a nuestros hijos más pequeños de qué nos reíamos tanto.

Aunque ya son menos y sus casas se fueron volviendo cada vez más chicas, después de las comilonas todavía se corren las sillas para armar en el centro una pista. Primero, bailan las mujeres solas. Se divierten como locas entre ellas -fotos, pasos, coreografías, hasta disfraces- y, al rato, los varones se mandan la parte con un ingreso triunfal. Rock and roll, tarantela y cumbia. Hasta los más gordos se desenvuelven con fabulosa agilidad.

Gritan, devoran, bailan, brindan, abrazan y lloran, prestan, pelean, apuestan, perdonan, cantan, comentan, ríen, recuerdan y callan.

Quienes nos casamos con alguno de ellos somos cómplices. Nos integran generosa y calurosamente. Aunque algunos miembros, los más tradicionales de la familia, cada tanto nos recuerdan que tenemos una categoría distinta. "Hagamos una foto de todos los primos, ¡vengan!", convocan. "Solo los primos", aclaran y nos miran. Los que somos parientes políticos y no llevamos el apellido sabemos cuándo es conveniente evitar acercarnos demasiado para seguir gozando los beneficios de esta membresía de privilegio.

¡Feliz Navidad!

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