Saint-Tropez

Carlos M. Reymundo Roberts
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1 de abril de 2019  

La historia transcurre en el boliche más glamoroso de Saint-Tropez, balneario en el que la Costa Azul derrama magia, esplendor, opulencia. Del otro lado de la calle, como en una vidriera del Mediterráneo, algunos de los cruceros más deslumbrantes de Europa . En el boliche, un matrimonio argentino -28 años él, 27 ella- habla, bebe y se divierte con sus amigos de esa noche, un renombrado arquitecto inglés y un jovencito alemán de unos 20 años al que acaban de conocer.

El jovencito invita a bailar, y solo acepta la dama. De a ratos, vuelven, toman algo e insisten, sin suerte, en ser acompañados a la pista. En una de esas pausas, el jovencito le dice al marido de su partenaire: "Qué agradable es tu esposa". Y otra vez al dancing. Al rato, en un nuevo break, repite el elogio, pero le suma una proposición: "¿Tomarías a mal que intente seducir a tu mujer?". Sin inmutarse, el argentino lo arroja a los leones: "Planteáselo a ella". El alemán es repelido estrepitosamente, pero, lejos de amilanarse, vuelve a hablar con el marido. "Y vos, ¿vos también me vas a rechazar?".

¿Desvíos de la posmodernidad, de este tiempo de lujuria y decadencia moral? No. Pasó hace más de 50 años. Echémosle la culpa a Saint-Tropez.

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