Somos una especie que se deslumbra

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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16 de octubre de 2019  

La superstición es más cómoda; esa es su única virtud. El conocimiento, en cambio, conduce a corolarios inquietantes.

Porque si no sabíamos lo que acabamos de aprender, entonces debe haber millones de cosas que ignoramos; sabia y socrática conclusión, pero no por eso menos embarazosa. El que va por la vida buscando respuestas y explicaciones es más consciente que ningún otro de su abismal ignorancia.

Además, a poco de vislumbrar la relojería de la naturaleza, la escala inimaginable del cosmos, los vericuetos de la historia, las honduras de la psiquis humana o los incontables trucos de cualquier oficio, uno cae en la cuenta de que nada es simple.

La superstición es al revés. Ofrece explicaciones libres de toda complicación, y, con esto, una confortable sensación de saberlo todo. O de no necesitar aprender nada más.

Se critica al conocimiento científico porque la suya es una historia de refutaciones. A mucha honra. Lo más sustantivo de la ciencia tal vez no sea acertar, sino persistir en la pregunta y nunca dejar de dudar.

Pero dudar es incómodo. ¿Y estudiar durante años los resortes del lenguaje, de las bacterias o de las partículas subatómicas? ¿A quién se le ocurre? ¿No habrá algún tutorial rápido en YouTube?

Parece habernos tocado existir en una época paradójica de la civilización. De un lado, y gracias, en esencia, a que apostamos por la libertad de expresión, hemos hecho avances científicos que cortan el aliento. Estamos buscando el ladrillo último de todo lo que existe. Hemos llevado personas a otro planeta y varias de nuestras sondas ya han abandonado el sistema solar. Desentrañamos el genoma humano (y muchos otros) y en escasos 500 años pasamos de la sanguijuela al tomógrafo, de la prestidigitación a la inmunología, de la Tierra plana a las fotos de la radiación remanente del big bang.

Pero al mismo tiempo tenemos movimientos que se oponen a la vacunación; que es algo así como oponerse a la Tabla Periódica de los Elementos. Uno piensa en el pobre Edward Jenner, que invirtió años de lucha para que la sociedad inglesa aceptara un descubrimiento que en el porvenir salvaría miles de millones de vidas, y de pronto, de nuevo, como en un déjà-vu trágico, regresan enfermedades que hace rato habíamos doblegado. Y hasta el mejor pintado mira cada tanto, aunque sea por el rabillo del ojo, lo que le anticipa hoy su horóscopo.

El problema es que al mundo no le importan tus creencias. Por eso la ciencia no cree, sino que comprueba y duda. Tropieza a menudo o toma una foto sesgada; nadie lo expresó mejor que el gran Niels Bohr: "Es un error pensar que la tarea de la física es descubrir cómo es la naturaleza. La física se ocupa de lo que podemos decir acerca de la naturaleza". (Entiendo que las itálicas son suyas.) Esta humildad está ausente del pensamiento mágico, que no admite disenso, ni mucho menos las sutilezas epistemológicas que Bohr debatía con Einstein. Además, de momento, las ecuaciones funcionan, y eso es lo que vale.

De todos los sofismas, el más aberrante sostiene que nuestros jóvenes son los que se resisten a explorar la abrumadora complejidad del universo. No es cierto. Le dedico la primera media hora de un taller que dicto en la universidad a hablar de biología, astronomía, física y otras disciplinas de ese tipo. Lo llamo, un poco en broma, un poco en serio, el capítulo cultural de la asignatura. El otro día ocurrió algo esclarecedor. Anuncié que, como me tenía que ir antes, pasábamos directamente a los ejercicios. Hice un silencio, mientras borraba el pizarrón, y entonces un alumno levantó la mano y dijo:

-Profe, ¿en serio hoy no hay capítulo cultural?

Así que todas esas cuestiones -que se tienen por áridas o aburridas- los habían cautivado. Sonriendo, antes de darme vuelta y preguntarles de qué les gustaría hablar ese día, pensé: "Por fortuna, seguimos siendo una especie que se deslumbra".

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