Sonría: estamos tratando de identificarlo

Ernesto Martelli
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14 de julio de 2019  

Hace apenas dos años (menos: septiembre de 2017) Apple anunció su Face ID: un sistema de autenticación de identidad por reconocimiento facial. La huella digital no era satisfactoria, el rostro era más individual y menos violable.

Ya extendido como sistema de control urbano (con la República China al frente) e instalada la paranoia bajo la descripción "capitalismo de vigilancia", el reconocimiento de rostros dejó el rol de ardid de hacker de la ciencia ficción y desembarcó en la cultura pop cotidiana. Esta semana escaló: la revista Wired y The New York Times le dedicaron varios artículos, tras varios errores de las cámaras públicas de seguridad que recurren a esta tecnología. Por un lado, trascendió que la base de datos biométricos de Facebook es más extensa de lo que se suponía. Por otro, se develó una investigación de la Universidad de Stanford, que involucra a gobiernos y empresas, orientada a mejorar esta tecnología a través de machine learning. Las empresas se niegan a hablar, varios activistas la cuestionan. El título de la iniciativa no ayuda: se llama Brainwash, o "lavado de cerebro".

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