Un censo de alto vuelo

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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6 de noviembre de 2019  

Entiendo que forman pareja de por vida. Así que todo volvió a la normalidad cuando en lugar de tres cisnes de cuello negro vi que en la laguna había cuatro. Ahora se los ve navegar de a dos, lánguidamente, lo bastante juntos como para no perderse de vista, pero sin renunciar a sus espacios propios. Diría que hay una lección en eso.

La elegancia del cisne de cuello negro es difícil de igualar, excepto cuando adopta una postura, digamos, algo indecorosa. De suyo, mete la cabeza en el agua para comer insectos y plantas, filtrando el agua con el pico. Pero en ciertas ocasiones, supongo que no sin una buena razón, sumerge el tercio delantero, hasta que la plumosa cola queda apuntando al cenit, mientras patalea, para mantener la pose, al borde de un ridículo irremediable. Unos segundos después, retorna a su bogar majestuoso. Llueva o truene.

Las gallaretas, muy abundantes en el Delta, tienden a ser lo opuesto de los cisnes. Primero porque se la pasan peleando. Pero sobre todo porque tienen el hábito de medio volar y medio correr sobre el agua, a muy alta velocidad. No son las únicas especies que adoptan tal práctica, pero estas se persiguen con frecuencia, chapaleando y haciendo un escándalo muy poco edificante.

Entre ese gentío vocinglero, dos patos silbones (si acaso mi vista no me engaña) se deslizan circunspectos, mientras un grupo de garzas y otro de biguás se asientan, las unas sobre la costa, los otros en el agua.

He observado que los biguás, que se alimentan de peces, crustáceos e insectos acuáticos, tienden a sumergirse en grandes grupos, simultáneamente. Por eso, si uno mira distraídamente la laguna, de pronto ve emerger decenas estos grandes pájaros de cuello curvo y gracioso. Es sorprendente. Supongo que lo hacen cuando pasan sobre un cardumen.

Este año todavía no he visto coscorobas. Son aves migratorias, así que aguardaré. Los que empiezan a volver, lentamente, son los gavilanes caracoleros. Eso significa que también están de regreso los caracoles manzana, casi lo único que esa hermosa ave elige del menú, y que habían desaparecido durante la sequía. Lo comprobé el fin de semana, cuando encontré en un tronco los coloridos huevos característicos de este molusco.

Recién llegados son los chiflones (que he oído, pero que nunca llegué a ver) y uno de mis favoritos, el pirincho, cuyo canto es tan simpático y desmelenado como su plumaje.

Podría seguir. Mi humilde censo, que llevo en el celular, enumera más de treinta especies, desde los bien conocidos gorriones, jilgueros, chingolos y benteveos, hasta tijeretas, caranchos, lechuzas de madriguera y las acróbatas del cielo, las golondrinas, mis predilectas. Los horneros, tan industriosos como malhumorados, se posan en el medio de mi jardín y lanzan con impunidad su bien conocido canto, a veces a dueto (hay dos tipos de duetos, leo en la bibliografía), agitando las alas y haciendo caso omiso de mis gatas, que observan pasmadas semejante insolencia.

De verdad, podría seguir. Aquí donde vivo hay muchas clases de aves. No se sienten obligadas a venir. Encuentran alimento abundante y, a veces, refugio. Las golondrinas opinan que mi galería es muy acogedora y ya la han colonizado con un nido. Intento estos días averiguar cómo invitarlas a establecer otros nuevos, pero sin perforar agujeros en el cielorraso. No van a dejarme hacer tal cosa, ya lo sé.

Muy lindo y de lo más bucólico. Pero esperen. Las aves no son un adorno; cumplen funciones clave para el medio ambiente. Un estudio dado a conocer por la revista Science en septiembre da cuenta de que Estados Unidos y Canadá han perdido 2900 millones de pájaros en los últimos 48 años. Es mucho. No solo se han diezmado poblaciones de especies amenazadas, sino también las de aves tan cosmopolitas como los gorriones. Es un síntoma. Otro síntoma.

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