Un jardín urbano sin amenazas

Carlos Thays
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2 de mayo de 2012  

Rodear las plazas con rejas no es la solución de un problema que me abstendré de llamar inseguridad para no reeditar el plano semiabstracto y de generalización con que los discursos y promesas oficiales tratan el tema. Prefiero hablar de ladrones, delincuentes y vándalos, todavía en minoría dentro de nuestra sociedad, pero, lastimosamente, con creciente protagonismo en nuestras vidas.

Si protegemos la plaza con rejas, ¿los delincuentes dónde irán? ¿A estudiar y trabajar como el resto de los ciudadanos que eligen esforzarse por un país mejor? La respuesta es no: los vicios no se dejan de un día para el otro. Más probable es que ejerzan su delincuencia en la vereda de enfrente.

Colocar rejas en obras de arte o elementos de valor en el espacio público significa reconocer su valor y prevenir daños irreversibles; un acto de responsabilidad que apoyo. Hacerlo en la totalidad del espacio, como en el caso de una plaza, significa modificar su naturaleza transformándolo en algo parecido a un sitio de refugio con mayor seguridad que rejas afuera. Pero la plaza sólo tiene sentido si es conectada con la trama urbana que le da origen y razón de ser.

Si existe un límite físico (reja) para obligar a los delincuentes a tener que forzosamente escapar por dos o más portones, en cada portón debería estar esperándolos un policía. Soy uno más de los que fueron asaltados en espacios públicos rodeados por rejas; los que se llevaron mi dinero salieron por el portón más cercano para perderse en la ciudad. Si los policías no vienen con las rejas, las rejas no alcanzan. Y, si hubiera policías, entonces carecería de sentido colocar rejas en espacios no pensados para tenerlas.

Sostengo que uno o dos policías por plaza es una solución alternativa al enrejado para transformar esos espacios en sitios más seguros. El policía no sólo vigilaría la plaza, también cuidaría la vereda y la calle. Las cámaras de seguridad podrían ayudar con un menor impacto visual.

Las huellas de la violencia en el espacio público son evidentes y dan como resultado una experiencia hostil y tensionada. Revertirlo requiere de una presencia más contundente que asegure su condición de jardín urbano sin amenazas.

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