Una historia de silencios familiares

Diana Fernández Irusta
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8 de octubre de 2019  

La narradora de Las posesiones -una voz en vibrante primera persona- hace de la indagación en la historia familiar aquello que quizá podría otorgar sentido a un presente personal. Su autora apunta, en los epígrafes que preceden la lectura de la novela: "Cualquier parecido con la realidad es pura ficción". Se diría que Llucia Ramis, que es una de ellas y ambas a la vez, se encuentra a gusto en las cimbreantes aguas de la autoficción.

Como la protagonista de Las posesiones, nació en Palma de Mallorca a fines de la década del setenta, luego se instaló en Barcelona, donde estudió y se dedicó al periodismo. Si en sus anteriores novelas ya había trabajado con la urdimbre de lo autobiográfico, en Las posesiones, su último trabajo -premio de novela en catalán Llibres Anagrama del año pasado, publicada en español por Libros del Asteroide-, la apuesta parece extremarse. Silencios familiares, sombras sociales, fantasmas generacionales: no es la mirada en espejo lo que prima, sino el entrecruzarse de historias, puntos de vista, relatos. La maraña abigarrada de palabras que, sin ruido pero con fuerza, nos constituye.

"Sigmund Freud, creador de la autoficción, se inventó al ser humano y le hizo creer que era real -asegura la pluma vigorosa de Ramis-. Le hizo creer que era protagonista, y no solo un figurante. Convirtió a cada ser humano en mito, y así nos mitificamos: egocéntricos, ególatras, egoístas, superegos. Le dijo al ser humano que sus sueños le definían y alguno quiso seguir soñando". En la novela, el personaje central tira de la cuerda de una noticia que sacude los cimientos de su red íntima. Un hombre de negocios, socio de su abuelo materno, mata a su mujer e hijo, y luego se suicida. La tragedia no solo deja al descubierto uno de los tantos circuitos de pequeña o mediana corrupción sobre los que se erigen demasiadas economías contemporáneas, sino que también impacta en los bienes, palabras y vínculos de la familia de la narradora. Mientras intenta reconstruir esa trama, se confronta con sus propias encrucijadas amorosas (el esquivo juego de espejos que suele sostener a la pasión), con las vicisitudes de una profesión, el periodismo, que atraviesa sus particulares crisis, y se reencuentra con un padre sumido en un imprevisto desequilibrio psíquico.

En mallorquín, una possessió es una casona rural; lo que en País Vasco se llama caserío; en Cataluña, masía; en Andalucía, cortijo. En Las posesiones, una bella finca adentrada en lo más verde de Mallorca se convierte en el bien familiar que se pierde, la herencia que se disuelve en el aire, la memoria de una infancia que se resiste a aceptar el lento desdibujarse de prácticamente todo. "No tener adonde volver: crecer consiste en eso", escribe Ramis. Porque la possessió que marcó su niñez y a la que no podrá regresar de adulta, es algo más que una amplia y sólida construcción tradicional mallorquina. Es, justamente, el símbolo de aquello que falta en una época en la que todos deambulamos más o menos huérfanos, más o menos carentes de refugio, más o menos conscientes de que "el mundo entero se ha vuelto un gran tramposo que no se responsabiliza de nada".

Por momentos, Las posesiones se torna una novela táctil. Hay objetos: un llavero con dos iniciales doradas, un mechero, un pisapapeles; hay una frase grabada en un rincón secreto de una vivienda amada; están los raspones que los árboles trazan sobre las rodillas y los brazos infantiles; el vino que se decanta en una copa, de noche, frente a la computadora de una periodista de treinta y pico. Y están las tazas de café junto al grabador que esa misma periodista pone sobre una mesa de bar, mientras entrevista, no a dos fuentes, sino a dos protagonistas de la historia que atravesó a su abuelo e inevitablemente -como descubrimos todos, como descubre la voz entre enérgica y melancólica de la escritora- la atraviesa a ella.

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