Yo nunca, nunca

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21 de junio de 2020  • 18:10

Hace unos días me subí a un auto después de mucho tiempo. Fue raro. No hacerlo. Mi cuerpo no tuvo dudas e hizo lo que hace siempre y que a mí me maravilla y que es eso de calcular con las piernas el grado de flexión necesaria para no golpearse la cabeza. No importa el auto o el clima o la hora o mi cansancio. Siempre lo hago bien. Con dolor de panza lo hago bien. Con los ojos cerrados lo hago bien. Pero sí fue raro porque lo pensé. Estaba en el asiento de atrás y recordé que hacía como 73 días que no lo hacía. Que eso que estaba pasando y que solía pasar a diario estaba volviendo a pasar de nuevo, por primera vez. Nunca antes, desde que viajo en auto, pasé tantos días sin viajar en auto.

Tampoco estuve esta cantidad de tiempo sin ver a mis padres. Suelo ir a su casa sábado por medio, cuando también tengo terapia. Viajo por una hora y me quedo más. Almorzamos, veo a mis tres sobrinos, lo veo a mi hermano, me pruebo algún tejido que hace mi madre y charlo con mi padre. A veces en voz alta. Así se charla en la familia. El apellido en el volumen. Pero yo nunca había pasado más de 90 días sin pisar la casa de mi infancia. Me pregunto si me terapeuta me habrá olvidado.

Nunca había gastado las pantuflas en este tiempo, corto. Nunca había ido al consultorio de mi ginecóloga con un tapabocas. Nunca había corrido por el living. Ni siquiera había espiado a mis vecinos. Me llama la atención el hombre que camina por su balcón de segundo piso con un barbijo puesto. Va de una punta a la otra; el pelo cano, el suéter azul marino, los pantalones oscuros. No llego a ver su calzado. Pero lo imagino. Seguro son zapatillas deportivas con poco uso. Apenas veo su cara pero sé que tiene cara de mocasín. Tampoco. Yo nunca antes había usado así mi imaginación. Ni las escaleras de casa. ¿Cuántos días pasaron desde la última vez que me tomé el ascensor? Nunca leí tan poco. Lo hablaba el otro día con mi amiga, la más hermosa de mis amigas, literal, la que se llama igual que yo y tiene un rostro tan delicado, tan ordenado, tan proporcionado, tan estético, ella es toda tan estética. A veces pienso que no nació, que la pintaron. Ella, la bella, me decía que no estaba haciendo nada, o sí, pero no mucho, y que de todos modos no tenía tiempo para leer. Que las horas se le pasaban entre su hijo y las sábanas que cambiar, la ropa que lavar, las migas que barrer, la comida. Y yo no tengo hijos. Pero tampoco. Como tampoco nunca antes había reparado con este énfasis en las bolsas que uso para ir la verdulería. Por favor. Son el diablo. ¿Qué hago? ¿Las lavo cada vez? ¿Me van a enfermar? ¿Me pueden enfermar? La entrada de casa ya no es más la entrada de casa sino una amenaza que no sé bien dónde está. Las bolsas. Las bolsas. Las bolsas. La muerte ahí. De a centavos, al por mayor. Yo nunca había temido por mis manos y sin embargo nunca sentí esta suerte porque además nunca había visto tantas veces seguidas el amanecer en el cielo a través de la ventana.

Todas las mañanas, cada vez un poco más tarde, los rayos del sol se abren entre mi barrio de edificios altos y árboles sin hojas y yo los miro con la cadencia de quien busca ese fulgor que no llega y que repite una vez más la condena, su condena, las sombras. Yo nunca necesité las flores que puse en la mesa de madera y que miro porque preciso, porque si ellas lo consiguen quizá yo también. Porque si de la tierra sale algo, esto, hermoso, por qué no. Por las semillas, los brotes, el tallo, las hojas, los pétalos. Claros y violetas. Porque se abrieron con una intención, soberbias, como si cantaran ópera.

Yo nunca había comido tanto chocolate y lo conté y comí no menos de tres kilos de chocolate y comería tres kilos más. Para no masticarlo. No. El chocolate no se mastica. Se deja. Él hace, solo. Nunca había matado de este modo las polillas. Ni tomado tanto mate. Yo, que odio el mate. Nunca antes le corté el pelo a mi novio o pasé esta cantidad de horas seguidas con él, solo con él, sin nadie más que él. Él en las mañanas, él en las tardes, él en las noches, él de madrugada, al mediodía. Nunca en 37 años les mandé regalos a mis padres por delivery.

Hasta ahora. O escuché los viernes música clásica. O tuve estas marcas en la cara, el cuello, la espalda. Me falta el aire. Nunca devoré así las uvas. Ni puse clavo de olor por los rincones. Ni dejé la escoba en medio del paso. Ni sentí que solo hice una cosa y esa cosa solamente. Mucho menos dejé que los días me pasaran por encima y yo vestida de entrecasa porque yo nunca dejo nada. Jamás. Yo siempre sigo. Siempre digo que tengo que parar pero sigo. Como en las pesadillas. Yo nunca.

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