Mirarnos para que nos miren

Por Daniel Larriqueta Para LA NACION
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28 de diciembre de 2001  

En los primeros años del siglo XX, el millonario argentino Bernardo Cruz pasaba largas temporadas en París y recalaba cada noche en el mismo restaurante-cabaret de lujo. En el momento de su ingreso, la orquesta paraba su ejecución y el ma”tre anunciaba de viva voz: "¡Monsieur Bernardo Cruz!" Aquella aparición triunfal debía de costarle al millonario (cuyo nombre he modificado por afecto a sus descendientes) una buena suma en propinas y consumición. Regresado a estos pagos, don Bernardo tenía que contestar, seguramente, a la invariable pregunta: "¿Cómo nos ven?" Y podemos imaginar sus respuestas...

El síndrome de don Bernardo nos sigue representando. Tenemos la secreta esperanza de que nuestra argentinidad sea una carta de presentación en el mundo y de que todos estén atentos a nuestras apariciones o desapariciones de la política, la cultura, la ciencia, los deportes y... la economía. ¿Obsesión de país pequeño?¿Complejo de lejanía? ¿Nostalgia de una sociedad de emigrantes?

¿Uno del montón?

De regreso de un corto viaje a París, he vuelto a ser blanco de la pregunta. Y empiezo por contestar: nos ven pero no nos miran. Ya no somos los locos de las Malvinas ni la sociedad desangrada que procura reconstruir la democracia. Y las oportunidades de negocios que ofrecía el presidente Carlos Menem -¡tan parecidas a las larguezas de don Bernardo!- han quedado atrás. La Argentina es un país que integra la comunidad occidental pero del que se espera, en el mejor de los casos, que marche con el resto de la familia sin crear problemas especiales.

¿Ser uno del montón? Eso, exactamente. Claro que nos suena desagradable. Y esto no es frívolo. En todos los tiempos y en todas las latitudes los gobiernos se han empeñado en sostener una imagen positiva y a veces poderosa de sus países. Las potencias imperiales se han ocupado invariablemente de afirmar la intangibilidad de su presencia y han reaccionado a los "agravios" o a los pequeños desvíos con una fuerza que no siempre parece proporcional al daño recibido. No hay que ir muy lejos para entender lo que digo: Gran Bretaña reaccionó a la ocupación de las Malvinas más allá de sus intereses inmediatos en juego.

Y en el mundo de hoy cada uno trata de afirmar su importancia para el conjunto de la comunidad occidental, porque la imagen internacional del país precede a la acción de sus ciudadanos, facilitando o apocando las oportunidades de negocios, logros tecnológicos, acceso educativo y cultural, seguridad y consideración. Cuando es buena, forma un círculo virtuoso, y viceversa.

La Europa de hoy está preocupada por la guerra de Palestina, una cuidadosa separación entre el fundamentalismo y el islam, la presión migratoria en sus fronteras, la paulatina incorporación de Europa del Este, el nuevo papel de Rusia y la competencia por mantener un lugar central en los asuntos mundiales.

En París se discute sobre el islam y la historia de los países islámicos como si fuera asunto corriente. Desde el 11 de septiembre se han publicado decenas de libros relacionados con estas cuestiones y toda la potencia intelectual francesa está volcada a estos debates. Pero, mientras tanto, Francia cuida el prestigio de lo que se ha dado en llamar "la excepción francesa" para definir su originalidad en la política cultural y se inquieta porque a lo largo de un siglo "sólo" ha tenido veinticinco premios Nobel en ciencias. Y pensar que nosotros, privilegiados de América Latina, tenemos dos (y César Milstein, que tuvo que irse), lo mismo que España.

Francia quiere ser cultura y ciencia para el mundo, pero no desarma su primacía en el pensamiento como parece anunciarlo la aparición de un socialista nacionalista, Jean-Pierre Chevenement, para la elección presidencial. Gran Bretaña, que junto con Francia ha vuelto a poner en el aire el Concorde, ha mostrado, con la gran agilidad política del primer ministro Tony Blair que, aunque achicada, conserva intacto su reflejo cosmopolita para los asuntos mundiales. La red de contactos, informantes, aliados y socios de Londres en el Asia musulmana ha sido el primer apoyo operativo que ha recibido Washington en la crisis presente.

Alemania tiene responsabilidades cada vez más grandes en Europa oriental, que se está convirtiendo en su zona de influencia predominante. Y allí se encuentra con Rusia, que de la mano de Vladimir Putin está rediseñando su gravitación internacional y estableciendo un diálogo privilegiado con Estados Unidos.

En todo este juego de grandes, la Argentina y todos los países medianos tenemos que hacer un esfuerzo inteligente para ser tenidos en cuenta. Es cierto que muchos productos culturales y deportivos de nuestro país gozan de buena prensa, pero aparecen como hechos aislados, fruto de esfuerzos individuales o sectoriales más que de una política de presencia.

A pesar de la lejanía

Otros países medianos vienen trabajando su presencia con más constancia y sistema que nosotros. Pienso particularmente en Australia, que con el cine, los deportes, algunos productos de lujo y su política de potencia capaz de intervenir en su región, como ha hecho en Timor, va cubriendo muy distintos frentes, a pesar de su "lejanía", su "pequeñez" y su soledad oceánica.

La posibilidad de que nos "miren" los grandes países -olvidando el pésimo expediente de hacernos notar por los desbarros- depende de que podamos transmitir, ordenadamente y durante muchos años, un mensaje de excelencia. O sea, que la familia occidental sienta que la Argentina es útil a la construcción de una civilización mejor por sus contribuciones en determinados campos. Así era en las primeras décadas del siglo XX, aunque aquellos logros no fueron tantos ni tan duraderos como lo quiere nuestra nostalgia melancólica.

En el mundo del siglo XXI hay lugar para la excelencia argentina, porque las sociedades muy avanzadas han aprendido a mirar y a escuchar a los otros: ésa es la base de su prosperidad. Pero lo que me parece que no hemos resuelto es en qué consiste nuestra excelencia, qué es lo original, positivo y valioso de nuestra contribución.

La cuestión parece comenzar en cómo nos vemos nosotros a nosotros mismos. ¿O nuestra fuerza se agota en la fórmula "Maradona-tango-bife"? Es seguro que cuando sepamos mirarnos a nosotros mismos podremos atraer las miradas de afuera, sin necesidad de acudir al extravagante proceder de don Bernardo y sus imitadores.

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