Molestias coheteriles

Por Norberto H. García Rozada
(0)
18 de diciembre de 2001  

Vapuleado con dureza por alternativas de toda clase, el año 2001 está preparando su equipaje para eclipsarse y comenzar a ser historia. De nada le ha valido el sello distintivo de haber inaugurado el siglo XXI. Al fin y al cabo, aquí y en todas partes, tuvo doce meses y 365 días, igual que cualquier otro período similar (con excepción, claro está, de los bisiestos).

Esa retirada en ciernes ya está siendo malamente matizada por la perversa costumbre del uso y el abuso de los artefactos explosivos que algunos incautos, con excesiva tolerancia, llaman fuegos artificiales. Salvo el Centro, oasis de calma en ese inquietante sentido, dado el sencillo hecho de que los días hábiles se encuentra superpoblado y semidesierto los feriados, por toda la ciudad retumban los impertinentes estallidos que, según las personas mayores eternamente apegadas a añejos giros idiomáticos, tienen a la mayor parte de los Pérez "con el Jesús en la boca".

¡Hombre, cada día empiezan más temprano! Es cierto. Que las cuatro jornadas festivas de fines de año estén condimentadas por algo de pólvora vaya y pase, si es que no queda otro remedio. Sobre todo, si se trata de los auténticos y autorizados fuegos de artificio -manejados por personas responsables-, cuyos coloridos chisporroteos contra el cielo hasta han sabido darles letra a los poetas. Pero que desde los primeros días de diciembre, y a cualquier hora, incluso las de la madrugada, los porteños estén condenados a vivir de sobresalto en sobresalto se ha tornado intolerable, por mucho que la endemia coheteril parezca -o por lo menos así daría la impresión- no tener remedio. Padecen los humanos y sufren los animalitos -perros y gatos, en particular- tan insidiosa agresión auditiva. Provocada no sólo por infantiles travesuras, sino prohijada, asimismo, por individuos bastante más creciditos, quienes bien podrían distraer sus ocios con pasatiempos menos peligrosos e intrusivos.

Antaño, el bombardeo -ni tan anticipado ni tampoco tan intenso- hacía pie firme en la riesgosa mezcolanza casera del azufre y el clorato de potasio. Ahora, pasando por alto prohibiciones meramente enunciativas, pues nadie les hace caso, los rompeportones, triquitraques y bombas de estruendo (etcétera, etcétera) se encuentran por todas partes al alcance de la inconciencia generalizada. Después vendrán las lamentaciones (y que nadie tilde a Pérez de aguafiestas).

Jugar con fuego equivale a caminar por la cornisa de la quemadura -o algo peor-, con los ojos vendados. Que lo digan, si no, los médicos especialistas, sabios conocedores de los daños que pueden causar un cohete o un explosivo desbocados.

Ellos, sin duda, son los primeros en compartir la sensación de quienes, vista las estruendosas molestias del presente, no comparten la creencia de que esas manifestaciones puedan ser sinónimo de alegría.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.