Motos

Víctor Hugo Ghitta
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30 de enero de 2019  

Pasan como ráfagas, la herida que deja en una tela una cuchillada. En la mansedumbre del Delta, hecha del gorjeo de los pájaros y de los murmullos de las hojas que se mecen en los árboles, del grave ronroneo de las lanchas colectivas y del agua batida por el paso silencioso de los botes a remo, traen una nota discordante y furiosa. Son, en cierto modo, forasteros. Aunque vengan al río con frecuencia, casi siempre los fines de semana, algo de esa naturaleza indómita y a la vez mansa les es ajeno. Parecen, al fin, visitantes de paso.

El río es para ellos un curso de agua, apenas eso: el escenario donde despliegan ruidosamente y a alta velocidad sus habilidades sobre una moto de agua. Esa experiencia náutica puede ser tan excitante (y tan genuina) cómo el tenis, la esgrima o el montañismo. Pero en los ríos del Delta, donde la serenidad es casi una religión y el hombre es llamado tan hermosamente a la introspección y va en busca de una paz interior tan difícil de alcanzar en medio del vértigo de las grandes ciudades, sus estridencias suenan con la violencia de una bofetada. Casi como se escucharía un grito, entre la perplejidad y la furia, en la atmósfera de recogimiento de la iglesia o el templo.

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