Muerte y resurrección de los políticos

Marcos Aguinis
Marcos Aguinis LA NACION
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27 de enero de 2002  

HACE tiempo se comenzó a decir en la Argentina que los políticos debían poner las barbas en remojo. Esa advertencia cobró fuerza cuando los partidos tradicionales de Venezuela sufrieron una humillación inédita al ser barridos por un ex golpista. Pero en la Argentina no pusieron las barbas en remojo ni aprendieron de lo ocurrido en Venezuela. Existía una suerte de arrogancia, de eterna impunidad, que mantenía la ilusión de que entre nosotros la sangre no llegaría al río. Aún no se imaginaban que el presidente podía ser expulsado con el simple ruido de las cacerolas. Se basaban en que la inmensa mayoría de la población continuaba adherida al sistema democrático y que su tolerancia podía estirarse como un chicle. Proseguían encerrados en una campana de cristal, sin advertir que aumentaba el fastidio por su ineficiencia, mezquindad y corrupción. En 1984, a poco de asumir como funcionario de la secretaría de Cultura, Carlos Gorostiza me dijo con ojo avizor: "¿Te das cuenta, Marcos? cuando los políticos pisan la alfombra roja, ¡se apunan!"

Es cierto. Pierden contacto con la realidad, se olvidan de las promesas y los compromisos, dejan de mirar a lo lejos. Con Gorostiza éramos intelectuales y, como aseguraba Albert Camus, irritantes para el poder. Nuestros adversarios no estaban afuera, sino adentro. Les obsesionaba ganar espacios, sea como fuese, poniendo a sus leales, aunque fueran inservibles. La medición no tenía en cuenta méritos o potencialidad, sino obsecuencia. Los proyectos y las tareas sólo servían -según ellos- en la medida en que aportasen otro centímetro de miserable poder. No importaba el pensamiento a largo plazo, sino la ganancia inmediata y la inmediata cuota de fuerza. En una de las discusiones con quienes se suponían mis aliados les advertí que tanta búsqueda de poder acabaría privándolos de todo poder. No me entendieron.

Ahora los políticos temen aparecer en los espacios públicos. Sufren una severa y muchas veces injusta sanción social. Digo injusta porque no todos cometieron delitos graves y a menudo no eran conscientes de lo que hacían o dejaban de hacer. Pero la generalizada impunidad ha parido un monstruo: como nadie fue sancionado, todos son culpables o, al menos, sospechosos. Es terrible y nefasto.

En efecto, si los políticos son irredimibles, entonces no podrá existir la democracia. Sin democracia vamos a la anarquía o la dictadura. Un periodista extranjero me preguntó cuál prefería, como si ésas fueran las dos únicas opciones que le quedan a nuestro país. Me dejó mudo y atiné a contestarle: "No puedo elegir entre dos infiernos".

Porque ésas son las únicas dos opciones que tendremos en caso de perder la democracia. Y ambas son el infierno.

Preferimos la democracia, desde luego. Preferimos la institucionalidad, aunque tenga fallas. Pero necesitamos que muera la vieja política y nazca una nueva.

Trabajosa esperanza

La vieja política ha quedado prisionera de obsoletos reflejos condicionados. Yace atada a tradiciones de improvisación, corazonadas, negociaciones miopes, recursos demagógicos. Es impresionante que en menos de dos décadas casi toda América latina consiguió erradicar las dictaduras y establecer democracias. Pero en ese mismo tiempo fue zangoloteada por latrocinios de espanto, encabezadas por los mismos presidentes, como fue el caso de Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Salinas de Gortari en México, Collor de Mello en Brasil, Alberto Fujimori en Perú y Carlos Menem en la Argentina. Ha estado anémica la justicia, especialmente en nuestro país.

Pero no sólo nos ha dañado la corrupción. Nos ha dañado la mengua del patriotismo y la falta de grandeza. Cuando nuestros políticos se enfrentan con los problemas que ahora han crecido como la jungla de una pesadilla, no saben hacer otra cosa que la que hicieron durante toda su vida: deliberar, calcular, tantear, resbalando sobre las arcaicas y hondas huellas. No desarrollan el pensamiento estratégico, no se concentran en el país soñado, no se atreven a reunir equipos de expertos serios y arriesgarse a cambios de verdad. Los tiene encadenados el gatopardismo, tan ruin como el descripto por Lampedusa. Expresado en términos sencillos, prefieren el maquillaje a la cirugía.

Deben de sentirse muy afligidos. Los mejores, bastante tristes. Los peores, aguardando nuevas oportunidades. Lamentablemente, han dejado que la sangre llegue al río. Ya no queda tolerancia.

¿Qué hará la sociedad? Por ahora demuestra que abandonó su letargo. En las aguas profundas el pueblo argentino ha madurado, porque el sufrimiento enseña. Es una sociedad más participativa, que ya no se limita a votar cuando se la convoca. Ahora se manifiesta de diversas maneras. Impugnó a la clase política en las elecciones de octubre, aunque no toda la clase política escuchó el mensaje, porque hubo demasiados dirigentes -impúdicos o ciegos- que hablaron de triunfos... El cacerolazo destituyó a un presidente, un puñado de ciudadanos iracundos echó de un shopping al re-re-eleccionista doctor Barra, en diversos puntos se multiplicaron los escraches. Si los políticos no demuestran que están tomando nota, esta marea social corre dos peligros: perder eficacia o, peor, convertirse en el nubarrón de la anarquía.

Me parece que están tomando nota. Habría que ser muy necio para no darse cuenta de que no es momento para la tradicional viveza criolla. Saben que se los monitorea con lupa. Pero siguen siendo los mismos.

¿Es imposible el recambio? Se escucha pedir una renovación generacional. Muchas voces claman: ¡que se vayan los viejos mañosos, encadenados a conductas inservibles! Pero, ¿qué jóvenes vendrían? Duele comprobar que las nuevas generaciones crecieron bajo paradigmas abyectos: farándula, ricos y famosos, frivolidad, desprecio por la cosa pública, ausencia de ideales. Quienes, por ejemplo, militaron en las organizaciones estudiantiles, tampoco aprendieron únicamente cosas buenas: fueron enganchados por prebendas, canonjías y el culto a la trampa y el facilismo. Son excepciones quienes han podido atravesar semejantes Termópilas sin contaminarse. Por cierto que la sociedad espera mucho de estos jóvenes y ansía que se manifiesten.

También es posible que los viejos políticos dejen morir varios de sus anquilosados defectos. Su experiencia llena de gloria y miseria (más miseria que gloria) puede rendir otro tipo de frutos. Ahora son como una sustancia sometida a reactivos diferentes. Los reactivos de antes les otorgaban impunidad; en cambio, los actuales son cada vez más cortos en impunidad. De esta forma, hasta los reflejos condicionados pueden modificarse. Para ello deben escuchar a la sociedad y mirar el mundo. Hace falta utilizar herramientas modernas, equipos expertos y tener la voluntad firme de relanzar nuestro país hacia el crecimiento y la esperanza. Aprender de los errores, dejar a un lado las mezquindades sectoriales. Enterarse, de una vez, que se está reclamando una profunda y ejemplar reforma política, judicial, tributaria y educativa. Que los maquillajes ya no sobornan.

Entonces habrá muerto la vieja política y podremos celebrar el nacimiento de una política nueva, potente y confiable.

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