Reseña: Dos criadores. Las últimas luces, de Jorge Torres Zavaleta

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Música de una época perdida
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26 de diciembre de 2020  • 00:00

Con melancolía porteña, Jorge Torres Zavaleta (1951) recrea en Dos criadores. Las últimas luces una Buenos Aires perdida para siempre. Ambientada a fines de la década de 1960, con Juan Carlos Onganía como presidente de facto ("el que cree que los demás son idiotas siempre resulta ser un falso sabio", dictamina sobre él un personaje) y la juventud como nuevo actor social, la historia se encuadra en el enfrentamiento entre dos familias de alcurnia a través de sus caballos de carrera, el Morning Glory, que pertenece al abuelo del narrador, y el Courvoisier, de los Gómez Carranza, al que los detractores del adusto jefe del clan rebautizaron "Culo de Visir". Esa simetría se extiende a todo el relato: hay dos adolescentes enamorados, dos studs y dos cuidadores, dos tipos de paternidades y dos alternativas a la vida urbana: el campo o Europa. ¿Dos Argentinas? La novela habilita esa lectura.

Uno de los méritos del libro, además de la recuperación de una atmósfera que, debajo de la apariencia idílica, está atravesada por conflictos, es el matiz de incertidumbre que mantiene la voz del narrador, un chico aficionado a los caballos, la conversación y la pintura y que, en ese año, descubre que su verdadera vocación es la literatura. Otro acierto consiste en representar el micromundo del turf como una "amable mescolanza" o una comunidad relativamente abierta: "Todavía, gracias a las carreras y sus caballos y a pesar de las dificultades financieras, cada vez mayores para nosotros, se creaba una zona franca donde las amistades disímiles eran posibles, como ocurría desde siempre con el tango". Con dosis de vocabulario y expresiones de años idos ("abombado", "vagoneta", "ojo alegre", "macaneador"), el autor fija la imagen de un grupo social que rinde culto a una estirpe de criaturas con nombres como Penny Post y Golden Cloud, Encomienda y Estampilla, Flor de Cardo y Matorral.

Mientras la disputa turfística entre abuelos se dirime en los grandes premios, sus nietos, Martín y Fabricia, desandan de la mano el circuito de la elite porteña. Del Tatterstall de Palermo al hipódromo de San Isidro, de las estancias bonaerenses al campo de polo en Tortugas, y de Rond Point a Mau Mau, se dejan llevar por la música de una época. "En el fondo, sin darnos cuenta del todo, a través de canciones tristes o alegres, de penas de amor o de triunfos, a través de las melodías y de las alternativas que generaban, todo el mundo celebraba su propia juventud".

DOS CRIADORES. LAS ÚLTIMAS LUCES

Jorge Torres

Zavaleta

Ediciones Deldragón

380 págs./ $ 1060

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