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Música que abraza en la habitación 509

Fernando García
Fernando García PARA LA NACION
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19 de febrero de 2019  

Alas 7.30 del sábado, el sol naranja se eleva por sobre el edificio del Automóvil Club Argentino y tiñe la habitación 509 del Sanatorio Mater Dei de un fulgor ambarino.

A esa hora hubiera sonado la alarma del smartphone en mi habitación de un departamento en Plaza Irlanda y me hubiera preparado un brevísimo desayuno para salir y caminar tres cuadras hasta el colectivo 92 y luego, bajando en Las Heras y Billinghurst, otras seis hasta el Sanatorio Mater Dei, donde a las 8.55 hubiera atravesado la puerta de la habitación 509 para reemplazar a la enfermera y cuidar a papá en un turno de cinco o seis horas.

Una vez enterado del parte nocturno y habiendo recibido la visita del personal de limpieza y de la camarera, que trae un desayuno que papá ni siquiera prueba, me hubiera puesto a leer o bien el capítulo de San Petersburgo en el libro de Marshall Berman ( Todo lo sólido se desvanece en el aire) o habría arrancado Recuerdos durmientes, una novela corta de Patrick Modiano que, como todas, sucede en París. Hubiera prestado atención a la respiración de papá y le hubiera hablado aunque él ya llevara días sin reaccionar, apenas moviendo un poco la cabeza y entornando los ojos. O me hubiera puesto a leer y corregir lo que supongo será un nuevo libro y que empezó a escribirse en estas guardias en la habitación 509.

Nada de esto lo hubiera hecho sin ponerme a disposición de papá como su disc jockey de cabecera.

Pocos días después de llegar al sanatorio había leído sobre un médico que recorría las habitaciones de enfermos terminales y como una rockola viviente les pedía que eligieran una canción para cantársela. Confiando en el poder espiritual de la música, usé el algoritmo de Spotify porque quería que el ambiente se llenara de jazz durante esas horas en las que papá quedaba a mi cuidado. Recordé las tapas de algunos discos que teníamos en casa y que giraban en una bandeja Audinac amplificada por un equipo Sansei y dos bafles encargados a un laboratorio acústico en Lomas de Zamora: memorias de un aristócrata hi-fi. Una de Glen Miller con la bandera norteamericana; otra de dixieland con ilustraciones de Carlos Garaycochea; una colorida de Benny Goodman, y la más llamativa para mí: Duelo de tambores, con Gene Krupa y Louie Bellson.

Como Albert Finney en El gran pez y buen hijo de Andalucía, papá contaba historias incomprobables. En una había sido el baterista de una orquesta llamada Héctor y su Jazz. Chico Novarro me confirmó la existencia de la orquesta, pero cómo saber si papá había tocado la batería o simplemente los acompañaba en la ronda nocturna de sus shows. Papá presumía de ser íntimo de la lady crooner de la orquesta: una tal Elba de Castro. Lo probaba con una foto autografiada. ¿Y si había sido solo un fan?

La playlist de jazz paliativo sonó entonces todos los días. Arrancaba muy arriba con "Sing sing sing" (Benny Goodman) y esa introducción de tambores que piden combate, una marcha militar convertida en delirio de swing. No lo vi mover la cabeza, pero confiaba ingenuamente en que la vibración del sonido lo devolvería a la plenitud de su cuerpo. "Moonlight Serenade" (Glenn Miller) disparada desde la laptop, con ese sonidito, se volvía ambient en la quietud y la penumbra de la habitación 509. Imaginé que todas las habitaciones tuvieran una música ambient basada en la biografía del enfermo. "Moonlight Serenade" sonando al lado de papá dormido por la morfina, era una meditación diaria.

El sábado hubiera llegado a tiempo desde Plaza Irlanda para ser el disc jockey de papá.

Pero ahora que la habitación se ha teñido de ámbar papá lleva tres horas muerto. Y solo en mi cabeza suena insistentemente "Moonlight Serenade".

Lo esperan grandes orquestas allá, del otro lado.

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