Naciones más Unidas

Por José María V. Otegui Para LA NACION
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19 de mayo de 2003  

Los argentinos venimos de darnos un ejemplo notable de construcción cívica al participar impecablemente en las elecciones del 27 de abril, acto central del proceso democrático que constituye un escalón más en el desarrollo sin fin de nuestra convivencia. Estos son los pasos que nos alejan de la ley del más fuerte, de la prepotencia y de la violencia como instrumentos de predominio político, vicios que demasiadas veces han marcado nuestro camino, apartándonos del imperio de la paz y la justicia.

La historia de la comunidad internacional durante los últimos siglos presenta rasgos de alguna manera análogos al esfuerzo democratizador que se da internamente en muchos países. Marcada por una escala diferente y por la multiplicidad de culturas, la aspiración de los pueblos hacia objetivos similares constituye una lucha persistente. Una mayor democratización de las relaciones internacionales, una paz más estable y un derecho que limite las pretensiones hegemónicas continúan siendo el norte de un proceso diplomático que –interrumpido por tremendos retrocesos– apuntala el telón de fondo del crecimiento cualitativo de la humanidad.

En este proceso, la primera mitad del siglo XX nos sometió a fracasos trágicos: los totalitarismos, las guerras mundiales, el holocausto, la utilización de armas químicas y nucleares, los coletazos del colonialismo y la pérdida de la libertad para millones nos retrotrajo a la barbarie y a una desesperanza que en varias naciones se prolongó hasta el fin de la década de 1980. Sin embargo, fue entre esos horrores que comenzamos a labrar un nuevo sistema de cooperación internacional: las Naciones Unidas.

Ya en junio de 1942 el presidente Franklin D. Roosevelt comprometió su voluntad para estructurar una organización destinada a mantener la paz en la posguerra, y en 1944 obtuvo el respaldo bipartidario estadounidense para el proyecto, un apoyo que en 1917 había eludido al presidente Wilson, en desmedro de la luego fracasada Liga de las Naciones. La contribución británica fue relevante, seguida por el acuerdo de China y la Unión Soviética, que se extendió a 50 países, incluyendo a la Argentina, durante la Conferencia de San Francisco, en abril de 1945; poco después fue firmado el tratado constitutivo, la Carta de las Naciones Unidas. El valor de los propósitos y principios rectores de la Carta y de la organización –su ideología– ha suscitado, en el año 2000, su reafirmación por todos los gobiernos del mundo al declararlos intemporales y universales, durante la Cumbre del Milenio.

Hoy en día, el dramatismo de los debates del Consejo de Seguridad sobre los conflictos más agudos sustrae frecuentemente de la atención pública que Naciones Unidas es un sistema complejo de organismos de negociación y cooperación, fructífero en acciones de la más alta relevancia para todos nosotros. Olvidamos o desconocemos que la salud del mundo se degradaría sin el trabajo permanente de la Organización Mundial de la Salud, que 550 millones de chicos son inmunizados anualmente contra las enfermedades infantiles, que el sistema de ayuda a los refugiados se ocupa de 22 millones de desplazados, que desde Chipre hasta Timor Oriental se desarrollan trece operaciones de mantenimiento de la paz o de que su capacidad de asistencia humanitaria y reconstrucción posbélica para Irak es tan completa como la descripta en el significativo artículo de Angélica Hunt, representante en nuestro país de la organización, que LA NACION publicó el 9 de abril.

 Esas capacidades, y muchas más que sería imposible enunciar, son viables si se mantiene la voluntad política para identificar los problemas compartidos y las amenazas trasnacionales con miras a darles soluciones consensuadas; su existencia y vigor constituyen uno de los bienes comunes que la humanidad debería proteger más escrupulosamente.

Las dificultades que a veces encuentra el Consejo de Seguridad para tomar decisiones reflejan tanto su poco democrática estructura como las actitudes que tienden a soslayarlo cuando una u otra potencia desconfían de la coincidencia entre sus decisiones nacionales y el resultado de los debates, como sucedió respecto de Irak. Esto no es una novedad; el Consejo se ha visto paralizado en muchas ocasiones desde 1946, particularmente durante la Guerra Fría, por la amenaza de vetos recíprocos entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Mal podría entonces calificarse como fracaso del Consejo esta última situación si tenemos en cuenta que este órgano, y todo el sistema de Naciones Unidas, no es otra cosa que lo que sus miembros permiten que sea.

La fuerza y la cultura

No obstante, cuando la principal potencia del mundo –y su mayor contribuyente al presupuesto– retacea su apoyo, la integridad de esta valiosa organización se convierte en motivo de preocupación. Pero esta situación no es necesariamente permanente y hay indicios de que no lo será; lo permanente deben ser los esfuerzos de todos para mantener abierto un proceso de negociación que contemple los intereses generales, lo duradero debe ser el apuntalamiento de las Naciones Unidas, el instrumento que facilita ese diálogo y que nos acerca a los valores consagrados en su Carta.

Como Kant nos dice desde el siglo XVIII, la paz no es un estado natural sino que debe ser implantada. Esto implica trabajo constante, autolimitación de las grandes potencias y cooperación de todos. En este contexto, la responsabilidad de los Estados más poderosos es singular respecto de la comunidad internacional y aun de sus propios intereses de largo plazo, particularmente en lo que al uso de la fuerza se refiere; de hecho, la historia muestra que los imperios y hegemonías más estables y duraderos han sido aquellos que la emplearon con avaricia mientras privilegiaban el atractivo de sus instituciones y de su cultura para ejercer influencia.

Ningún país puede ser indiferente a la erosión de las Naciones Unidas. La gobernabilidad de las tendencias más nocivas de la globalización, el aprovechamiento de sus oportunidades y el imperio de la paz y el derecho por el que nos esforzamos a nivel nacional perderían un instrumento irreemplazable, con consecuencias graves para la Argentina y para nuestra región.

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