Nada mejoró, pero todavía puede empeorar

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9 de enero de 2021  • 00:05

Las convenciones tienen la cualidad de ordenar la vida social tanto como de crear ilusiones. La potencia simbólica del calendario es ejemplar. Cada comienzo de año opera como un faro al que mirar desde las aguas revueltas de los años horribles con la esperanza de que sea el punto de llegada y la fantasía de un punto de partida. La quimera de las tradiciones tiene más fuerza que la realidad de las continuidades. Las rupturas no se rigen por almanaques ni relojes. Papá Noel y los Reyes Magos son los padres. Pero el relato sigue vivo. Hasta que el amanecer de la razón se impone. Acabamos de comprobarlo.

En 2021 los contagios de Covid siguen yendo más rápido que las vacunas, Trump continúa haciendo méritos para consagrarse peor presidente de EE.UU. y cuando hay que dar malas noticias (después de alimentar esperanzas que se postergan) no hay gobernante que quiera dar la cara. No fue (ni hubo) magia. Solo cambió el almanaque. Quedan 356 días (y una elección) para seguir soñando. Todo es posible aún. O no.

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