Necesidad de paz en Medio Oriente

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5 de diciembre de 2001  

Buenas y legítimas razones tiene Israel para responder con el máximo rigor a los feroces ataques terroristas que le inflige el extremismo palestino. Hay, al respecto, un generalizado consenso en la comunidad internacional y en sus estructuras orgánicas. Hasta el gobierno de los Estados Unidos, empeñado en una histórica labor de mediación en Medio Oriente que cada vez le resulta más compleja, ha reconocido que asiste a los israelíes, en cuanto pueblo y en cuanto aceptada forma de legalidad estatal, pleno derecho a defender su libertad y su seguridad.

Pero hay un hecho que no puede ignorarse y es que la criminal embestida del terrorismo contra personas y bienes de Israel coexiste con el reconocimiento de que en el campo palestino, más allá de las acciones abominables que puedan perpetrar los agentes del fanatismo extremista, hay un conjunto humano cuyos derechos nadie sensatamente puede negar, tal como no lo niegan ni aun los propios sectores agredidos.

Las respuestas a la agresión terrorista adquieren -quizá forzosamente- una naturaleza que, lejos de parecer un acto de represión policial, exhibe las características inequívocas de una ofensiva militar. Se ingresa, así, en la vorágine de una lucha que enfrenta a las fuerzas armadas israelíes contra poblaciones que, en rigor, están confiadas a su custodia. Esto es así, en esencia, porque la llamada Autoridad Nacional Palestina, pese a todas las apariencias, no es un Estado y, justamente, uno de los puntos centrales de la posición diplomática israelí consiste en negar que lo sea.

Las irrupciones, los bloqueos, los ataques misilísticos y de artillería y las acciones especiales contra jefes adversarios o contra funcionarios de la Autoridad Palestina, entre ellos Yasser Arafat, quedan así en un terreno impreciso que ciertamente no es el de una guerra abierta ni tampoco el de una guerra civil, pero que superan, fuera de toda duda, la imaginable dimensión de una cacería de extremistas, sobre todo porque definen una confrontación de nacionalidades singularmente enconada, acompañada a veces de ferocidades sin cuento.

En ese extremo, aun el hecho terrorista tiende a diluirse y apenas si se habla de buscar a los sujetos sospechosos de perpetrar crímenes de ese tipo. La persecución se dirige, entonces, contra sectores de población indefinidos, supuestamente solidarios con los agentes del terror. Quedan expuestas a la represión, en consecuencia, categorías humanas difusas que, en principio, parecen abarcar a todo el pueblo palestino. En ese punto extremo, el enfrentamiento corre el riesgo de derivar hacia una cruenta pugna de etnias, de creencias y de necesidades vitales, cuyos antecedentes suelen ser seculares y cuyas proyecciones acaso también lo sean.

Ese círculo vicioso de ataques y contraataques, de resentimientos que maduran en venganzas y de correctivos que lesionan la totalidad de una cultura, debe ser roto cuanto antes. Cuadra a la sensatez y a la dignidad de los dirigentes políticos obrar de manera tal que no se siga hipotecando el porvenir de los pueblos que encabezan. Ese esfuerzo pacificador debe ser asumido, en primer lugar, por los líderes israelíes y palestinos, pero junto a ellos -estimulándolos y presionándolos- deben contribuir a desterrar la violencia y la agresión armada los grandes protagonistas responsables de la seguridad mundial.

Por muchos motivos es urgente poner fin al sufrimiento y al temor que agobian a los habitantes de lo que para unos es la tierra de Israel y para otros Palestina. Tintos de sangre, se alzan los fantasmas de odios que han recorrido la historia y que hoy reaparecen en un país clave al que las civilizaciones han acudido por siglos para consumar sus ritos de dominación y de recelo.

Es probable que las jefaturas israelíes y palestinas se sientan, en muchos casos, condicionadas por la presión emocional que emana de la furia incontrolable de sus seguidores. Esto es particularmente visible, tal vez, en el caso de Arafat, a quien la opinión pública internacional tiende a reconocer como un líder invadido por las descomunales contradicciones del movimiento que acaudilla.

Su crítica situación estaría siendo peligrosamente desestabilizada por la terrible contundencia de los golpes israelíes y no son pocos los que creen que tal circunstancia es buscada ex profeso, con vistas a producir una crisis en la conducción de la Autoridad Palestina y a provocar, eventualmente, su desaparición del escenario político. Las suspicacias en esa dirección constituyen otro componente inquietante de este asunto y ponen en cuestión la credibilidad de la conducción estratégica israelí, factor que debe ser preservado a todo trance, pues su existencia constituye la única posibilidad de que esos pueblos consigan arribar, en algún momento, a una paz duradera.

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