Necesitamos volver a pensar en libertad

Nicolás José Isola
Nicolás José Isola PARA LA NACION
Durante la gestión kirchnerista, la participación de muchos intelectuales en la discusión pública se fusionó con la política oficial, en tanto que mantener una postura crítica podía significar un costo; la nueva etapa es una oportunidad para recuperar el pluralismo y los matices
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20 de enero de 2016  

Durante la última década, el kirchnerismo amalgamó simbólicamente al amplio campo de las ideas con una potencia extraordinaria. El discurso del Poder Ejecutivo cohesionó y reunió voluntades en diversos espacios intelectuales, universidades nacionales y centros de investigación. Paradójicamente, la defensa de los derechos humanos y el incentivo a la actividad científica se encontraron atravesados por un clima que no favoreció el pensamiento crítico plural.

A partir de 2008 se formaron grupos intelectuales como Club Político Argentino y Plataforma 12, que discutieron con otros cercanos al oficialismo, como Carta Abierta. Con más énfasis desde entonces, una porción de las instituciones académicas fue espejando el lenguaje político del kirchnerismo. La participación comprometida de investigadores e intelectuales en la discusión pública no pocas veces mostró su fusión con la política oficial, en un discurso que abonó el unanimismo frente a la líder popular.

Ciertas universidades públicas fueron estandartes de un discurso defensivo del "proyecto nacional y popular" y ofensivo frente a otras inclinaciones. El formato de pensamiento único, estratégico y nacional caló hondo y reenamoró a muchos.

Este contexto complejizó la posibilidad institucional de expresar el desacuerdo en cuestiones como la baja calidad educativa, la invisibilización de los pobres o las conexiones entre narcotráfico y política. El silencio esquivo de un amplio arco de intelectuales, académicos e investigadores, muchos de ellos militantes de los años 70, fue tan ensordecedor que hasta llegó a no reclamar en voz alta cuando Milani, denunciado por una de las Madres de Plaza de Mayo, fue jefe del Ejército.

Con una ética movediza se llegó a lo que ningún intelectual puede consentir: callar lo inaceptable. La brújula de los valores marcó demasiadas veces la obediencia ideológica.

Imperceptiblemente, como a quien la fina llovizna lo ha empapado, parte del campo académico e intelectual crítico al kirchnerismo fue percibiendo que la exposición institucional de un pensamiento alternativo podía tener un costo: desconocido y por ello plausible de ser alto. El miedo y la cobardía ante la posible amonestación institucional se asemejaron al instinto de supervivencia.

Los llamados de atención en sede universitaria existieron y se presentaron acompañados de una muletilla engañosa: "Acá cada uno puede opinar lo que quiera". Se reiteraba mucho la existencia de libertades, quizás porque estaban faltando.

Era delicado criticar las ideas de un intelectual militante que luego decidiría si se ascendía o no en un concurso institucional. Se tornaba riesgoso mencionar las contradicciones del gobierno nacional en el consejo departamental de una universidad –al cual se está sometido por reglamento–, cuando muchos consejeros se comportaban como acérrimos "defensores del modelo".

En estos años, no fue raro ver retratos de Néstor y Cristina Kirchner en despachos rectorales. La adscripción política personal se fue tornando institucional y esto condicionó la autonomía universitaria.

Quizás el lector piensa que se exagera. En ese caso, puede recordar que el Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, mediante una resolución –con carácter obligatorio–, llegó a exigir votar al kirchnerista Scioli. O que, también con relación al voto a Scioli, un rector universitario proclamó: "Los intelectuales no podemos dudar", poniendo en ridículo toda la filosofía occidental. O que para defender a Ricardo Montaner el fuego amigo de Gustavo Marangoni alcanzó al intelectual Horacio González: "Dinosaurio", lo llamó. O que la resolución 2714/15 de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA invitó a "una lavada de platos simbólica" en la que participó el entonces y actual ministro Barañao.

¿Más? Que se creó una Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional con una tendencia sesgada, y se dejaron afuera innumerables voces. O que Cristina Kirchner llamó "burro" a un investigador y lo ninguneó con nombre y apellido: "Alejandro Corbacho, director del Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad del CEMA (Ucema), tampoco entiende nada. Y, lo que es más grave, tampoco sabe sobre lo que escribe y publica".

Fue posible enarbolar los derechos humanos y escrachar públicamente a intelectuales y profesores universitarios. Lamentable. El panóptico intelectual, ejercido incluso por la máxima autoridad de la República, empoderó a los adeptos. Muchos de ellos aprendieron a hacer sutilmente lo que repudiaban de jóvenes: vigilar y castigar. Las redes sociales aún son testigos de eso.

Pechear al discrepante se hizo moda. La pleitesía, también. No fue extraño ver a hombres y mujeres de ideas aplaudiendo la prepotencia en la Casa Rosada. El espectáculo llegó a dar tristeza y vergüenza, además de algunos cargos, ascensos y subsidios.

Todo esto significó el retraimiento de una función intelectual primordial: la crítica al poder político. Los tábanos socráticos se transformaron en mariposas.

Frente al cambio presidencial, reapareció la crítica al poder. Bienvenida. La semana pasada, José Pablo Feinmann dijo que Cambiemos incurrió en las mismas modalidades que le criticaba al kirchnerismo. Si son las mismas, ¿por qué Feinmann no las criticó antes? Habló también de "neoliberales vengativos". ¿Denuncia la supuesta "venganza", pero no el ataque que la antecedió? No fue magia, fue discrecionalidad.

Muchos académicos e intelectuales siguen profundizando las polarizaciones políticas y la fragmentación entre colegas. De ahora en más se requiere una transformación en la conversación pública argentina. Aquellos intelectuales cercanos a Cambiemos deben propiciar sin ceguera alguna el diálogo adulto que tanto evocaron. Juego limpio.

La desactivación de los dispositivos coercitivos que inviabilizaron una mayor libertad en la circulación de la palabra traerá el regreso de los matices. Sólo así nuestros espacios institucionales podrán volver a reflejar la multiplicidad de formas de comprender el mundo que fueron restringidas por una batalla binaria.

Urge recomponer un pensamiento plural que no anule los otros modos de significar la realidad. Para eso sería saludable dejar atrás las miradas sectarias que impiden el diálogo fecundo y privilegiar las argumentaciones antes que una voluntad enceguecida y pasional. El variado y prolífico universo de las ideas precisa reencontrarse a sí mismo, discutirse, comprenderse, repensarse.

No hace falta un pensamiento estratégico nacional. Necesitamos pensar en libertad.

Filósofo y doctor en ciencias sociales

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