Negocio para aristócratas

Paul Krugman
Paul Krugman MEDIO: The New York Times
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23 de marzo de 2000  

LONDRES.- LA semana pasada, una idea fugaz asaltó a los inversores norteamericanos: las acciones de empresas tecnológicas tal vez eran un poquito (¡ejem!) especulativas. Retornaron, pues, a escape a la supuesta seguridad de las acciones selectas de la vieja economía. ("Algunos de estos mamíferos podrían sucumbir -se dijeron-. Más vale que inviertas tu dinero en los dinosaurios.") Pero aquí, en Inglaterra, donde la fiebre tecnológica es más reciente pero aún más intensa, si cabe, me siento impulsado a hablar bien del auge tecnológico norteamericano. Digámoslo así: nuestros inversores parecen moderados, sensatos y bien encaminados, al menos si los comparamos con los de otras partes del mundo.

En Londres, la gran noticia de la semana fue la entrada en Bolsa de Lastminute.com, firma conceptualmente muy similar a Priceline.com. Martha Lane Fox, su cofundadora, de veintisiete años, adornó la primera plana de casi todos los diarios nacionales. ¿Por qué no? Al término de su primer día como sociedad anónima, Lastminute.com tenía un valor de mercado superior a los 1000 millones de dólares. Ni falta hace decir que da pérdida y que, en el cuarto trimestre, sus ventas apenas si rondaron los 650.000 dólares. Los norteamericanos quizás estemos habituados a estas cosas; en Inglaterra, todavía constituyen una novedad.

Lane Fox es fotogénica y, que yo sepa, está muy arriba en su especialidad, pero, al parecer, lo que verdaderamente gusta a la prensa local es su estirpe aristocrática, delatada por su doble apellido. Hija de un historiador muy conocido, es además descendiente del sexto marqués de Anglesey (circunstancia señalada por todos los cronistas en el segundo o tercer párrafo de sus notas).

No es un caso aislado. La gran presentación en la Bolsa de febrero fue Oxygen, una firma "incubadora" que, supuestamente, lucrará respaldando ideas ajenas en materia de negocios. El primer día, sus acciones subieron un 3000 por ciento, hasta alcanzar un valor aproximadamente veinte veces mayor que su capital. (Como me dijo un amigo inglés, su cotización dependerá de que Oxygen logre encontrar clientes lo bastante astutos como para presentar grandes ideas, pero lo bastante tontos como para venderlas a un 5 por ciento de su valor.) ¿Cuál era el atractivo de Oxygen? Su extraordinaria nómina de fundadores, que incluía a Elisabeth Murdoch (ya supondrán de quién es hija) y Matthew Freud, publicista afamado y bisnieto del buen doctor. Hasta The Financial Times soltó unas gotas de bilis populista: "Se suponía que Internet era una gran niveladora que atravesaba las clases sociales y las redes tradicionales. En cambio, se ha convertido prontamente en una plataforma destinada a elevar a una nueva vieja elite adinerada. Los nombres de algunos individuos parecen un compendio del Debrett´s ", señala aludiendo a la clásica fuente de referencia sobre la aristocracia.

Acciones y conexiones

Pero no es mi intención singularizar a Gran Bretaña. En otros lugares del mundo se ha desencadenado, literalmente, el mismo fenómeno: la misteriosa transformación del entusiasmo de los inversores por la nueva economía en un plan de enriquecimiento rápido para familias de las elites. En Hong Kong, tuvieron que llamar a la policía para que controlara a las muchedumbres ansiosas por comprar acciones de Tom.com, una oferta de Internet presentada por el poderoso hombre de negocios Li Ka-shing. Asimismo, el mercado asignó tal valor a la firma Pacific Century Cyberworks, fundada por su hijo, Richard Li, que éste pudo adquirir el control de la principal compañía telefónica de Hong Kong. (¿Fue una versión asiática de AOL-Time Warner? No del todo: Pacific Century no tiene suscriptores y sus ingresos son casi nulos.) Ahora bien, los Estados Unidos no son una meritocracia sin clases. Nuestro próximo presidente no será un hombre humilde que ha triunfado por su propio esfuerzo. Nuestra elite de los negocios aún se compone, de manera desproporcionada, de hombres altos provenientes de buenas familias blancas, anglosajonas y protestantes. Aun así, cuesta imaginar a los inversores norteamericanos volcando dinero en una compañía sin ningún plan operativo plausible, por el simple hecho de que el fundador pertenezca a una familia distinguida. En verdad, y en un grado notable, la nueva economía norteamericana parece haber sido creada por hombres nuevos (y por unas pocas mujeres nuevas). No sólo no nacieron en cunas de oro: muchos son inmigrantes o hijos de inmigrantes (los asiáticos poseen casi el 25 por ciento de las nuevas empresas de Silicon Valley).

El viejo adagio según el cual "lo importante no es qué conoces, sino a quién conoces" nunca ha sonado tan falso. Estemos atentos, pues, en los Estados Unidos, donde nuestros astros de la tecnología venden ideas, y no conexiones, y tal vez (¿quién sabe?) podrían ganar dinero para sus accionistas.

© La Nación (Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

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